lunes, 1 de junio de 2009

Marta


Mi nombre es Marta. Trabajo en la casa de los Fernández hace unos treinta y tantos años. Aprendí a escribir de grande, porque me salí de la escuela, por andar enamorada. No sé muy bien cómo se acentúan las palabras, ni que significa subversivo, pero me divierto leyendo los libros que trae la Paulita, la hija de la señora Francisca, que estudia Literatura. Y no me importa, he sido una mujer feliz, que ha entregado su vida a su trabajo y al amor, a un amor escondido, que duerme entre mi enagüa y los escritos que guardo debajo de mi cama, entre los palitos del sommiere y la alfombra. Un amor que vive en las canciones que canto haciendo el aseo y cuando voy de compras.

Era un hombre mayor. Me pasaba por diez años. Era alto y refinado y me miraba con cara de santo. Yo siempre lo veía cuando llegaba a ver mis hermanos y le servía tecito y me quedaba callada. Luego, nos veíamos a escondidas detrás de la Plaza Colón, en pleno centro de Antofagasta y me decía que me quería, aunque yo nunca vi que hiciera nada por demostrarlo. Hoy es sólo un recuerdo. Se fue así como llegó, para la fiesta La Tirana, cuando llevábamos tres años y yo pensaba que tendría un hijo.

Mientras revuelvo la comida, el olor a cebolla mezclada con el perejil y la pimienta, me transportan hasta Antofagasta, de donde me vine hace muchos años y la señora Francisca, la Paulita, Andresito y Don Andrés toman desayuno y se ponen a discutir, porque la niña no quiere ir con ellos a Vichuquén, que no tengo idea donde queda, pero sé que está para el sur, porque siempre dicen que la niña prefiere tomar la ruta por San Bernardo para cualquier cosa, menos para viajar con ellos y yo sé que es porque por ahí tiene un pololo. Ya la han pillado algunas veces. Y yo me hago la tonta, porque sé que el novio de la Paulita no es como ellos. Es un buen cabro, pero no tiene plata. Es un "aparecido", dice don Andrés y yo coincido con él, porque sino hubiera aparecido a mi niña no le brillarían los ojitos cuando aparece en la cocina con él...

La fritura para el estofado está listo y la cocina huele a especies que sólo yo disfruto. Teo, el gato, raspa con su lengua hasta la última espina del pescado enlatado que Don Andrés me trajo de Singapur, en su último viaje. Y yo sigo revolviendo la olla, mientras le pongo un poquito de comino a la carne y a las verduras, pero poquito no más, para que quede más sabroso. Y canto una canción de Rocío Jurado, que tocan en la radio Puduhuel, donde escucho a Pablito Aguilera.

Me siento en mi silla café, donde puse un cojín, que era de mi mamá cuando yo era chica y leo a García Márquez, un señor que escribe muy bonito y que dice que en Macondo hay mucha gente con el mismo nombre. Y me transporto otra vez. Leo despacito, para tratar de entenderlo todo. Parezco una chiquilla que aprendió a tejer e inventa cuanta cosa se le ocurre para practicar. Ya llevaría como diez bufandas, pienso. Y así me paso los días, hasta que debo dejar mi lectura, porque Andresito rompió sus bluyines y hay que buscarle una solución o la Paulita quiere que le doble un vestido que le queda largo.

Me siento contenta. Hoy la Paulita va a contarles a los señores que quiere casarse con ese joven. No sé que irá a pasar, pero yo no digo nada, porque la niña me lo contó antes de irse a la universidad y me dijo que era un secreto y yo los secretos los guardo como hueso de santo, porque de chiquitita fui siempre confiable. Y lo sigo siendo. Prefiero quedarme callada no más. Yo veo, pero soy ciega y escucho, pero soy sorda. Así aprendí a ser no más.

Cuando tenía como 15 años pillé a mi papá con otra mujer. Y puse una cara de espanto que la mujerzuela esa salió corriendo subiéndose las panties y hundiéndose en la vergüenza. Mi padre me miró con cara de odio y yo me di la vuelta, con la boca cerrada y nunca más la volví a abrir. Al menos, no para reproducir eso. Mi mamá fue feliz siempre al lado de su marido y yo no era nadie para andar echándole a perder la felicidad a mi mamá, que tanto se esforzó por nosotros. ¿Mala?. Nada de mala. Eso se llama morir con un secreto hasta la tumba.

El día del funeral de mi madrecita santa, le pedí perdón arrodillada frente a su ataúd, por no contarle que mi padre era un sinvergüenza, pero me sentí contenta. Mi mamita nunca supo que el desgraciado de mi padre era un donjuan. Hoy ya no es importante. Mi madre desde el cielo debe estar sonriendo, porque yo aprendí a ser fiel y callar lo que no debo contar. Al menos, cuando una relación es importante, así como la que yo tengo con esta familia. Por eso no más lo hago, porque han hecho tanto por mí y los niños me quieren como si fuera su mamá y yo quiero que sean felices no más.

Hoy va a quedar la grande. Va a venir el pololo de la Paulita y yo voy a tener que hacerme la sorda, porque don Andrés ya dijo que no iba a seguir aguantando a ese chiquillo en esta casa. Yo no entiendo a Don Andrés, si ese cabro es tan buena persona. Es esforzado y guapo. Anda siempre limpio y ordenadito, pero dice que eso no basta, porque no tendrá como darle un buen vivir a la Paulita. Y mi niña dice que no es un "tema", porque ella está estudiando y será una mujer independiente, pero Don Andrés no entiende de esas cosas.

Para el cumpleaños de mi niña, el joven le trajo una cajita. Era bien bonita. Estaba forrada en un papelito a cuadrillé y tenía una tarjetita que decía "Para mi Paulita". Cuando Don Andrés vio esas palabras escritas, casi estalla como un volcán de esos que echan lava allá en el sur y yo me vine corriendo a la cocina, a prepararle una agüita de tilo a la niña, que se puso a llorar como María Magdalena, porque Don Andrés le dijo al joven que cómo se le ocurría regalarle "esas cosas tan de poco pelo" a su hija que era una reina. Y a mi me dio pena, porque era una cajita musical, donde al abrirla salía una bailarina que giraba al sonido de una música clásica. Ahí quedó tirada la cajita. Yo la recojí y trate de pegarla, pero nunca pude hallar la cabecita de la bailarina. Así que ahora gira a medias, con el cuellito peladito sobre su eje.

Me dio mucha rabia la actitud de Don Andrés. El pololo de la Paulita se gastó todos sus ahorros en ese regalo y él se daba el lujo de tratarlo así. Pobre joven, pensé. Y pobre Don Andrés, que sólo tiene plata y nada de alma. Si existiera un banco de sentimientos, yo misma iría a depositar un poquito de empatía, comprensión y aceptación para mi patrón, que es tan insensible.

Cuando me puse a arreglar a la bailarina de la cajita, Don Andrés me soprendió en mi pieza concentrada. Yo trataba de juntar la tapa con el espejito, que hacía de piso para la muchachita que bailaba y Don Andrés pegó un grito que me dejó sorda. Me hice la tonta, pero fue en vano, porque del susto se me soltó la cajita y mi patrón se enfureció, porque según yo estaba apoyando a ese "cabro de porquería, que no le hace ni un bien a la Paulita". Yo esa vez no me quedé callada y le dije que no era así, pero el me dijo que no le discutiera. "No te pongas subversiva Marta", me dijo y yo me di media vuelta y le dije que tenía que lavar la loza del desayuno.

Escondí la cajita y me fui a la cocina. Aún ando buscando la cabecita de la bailarina, para entregársela de sopresa a la Paulita, cuando logre arreglarla. No le diré nada, hasta que esté terminada.


Por BZ