martes, 3 de noviembre de 2009

Mis tardes junto a ti (Cap.2)


La persona que te vino a ver parece que trabaja en una organización religiosa. Debo haberla invocado con mis recuerdos de la iglesia de Concepción. La mujer vestía un traje gris, con una falda que parecía de rock and roll de los sesenta y tenía colgada una cruz en el pecho. Dijo buenas tardes en un tono neutroy te to mó de las manos, mientras repetía un padre nuestro. Sentí que debía unirme, por lo que me puse a rezar con ella, pensando como me enseñaron en la capilla San José, que cuando dos o más se reúnen en nombre de Dios el poder de la oración se hace más fuerte. Y estuvimos así, con los ojos cerrados por largo rato.
Yo hablé para mí, en silencio. Dije que ya estaba bueno de clínicas, exámenes, visitas, silencios, ejercicios, sondas, alimentación especial, actitud de espera y resignación. Le dije a Dios que nos echara una "ayudadita", más fuerte de lo normal, para que nos pudiéramos ir pronto. No sé si me escuchó, pero yo juraría que moviste un dedo.

Cuando la persona se fue volví a sentarme en el sillón y pensé en las tantas horas que hemos pasado aquí. En cómo, de un segundo a otro, todo se puede trastocar de tal forma que ya nada sea ni siquiera parecido a como fue y en lo mucho que hay reflexionar acerca del por qué de las cosas. Si venía a 120 kilómetros por hora en la vida, te puedo asegurar que los días contigo ahí, en esa inmensa habitación, fueron un freno de mano y una parada en seco que nunca en la vida voy a olvidar.

Traté de no inundarme de cosas negativas y te empecé a contar que ese año, 1985, yo había sido un niño más feliz que otros, porque no podía creer que hubieran sacado mi carta, de entre medio de miles, provenientes de todo Chile y que me hubieran asignado a mi la “bici” que estaba tan de moda.

La carta la hicimos con mi hermana. Era de cartulina, que nos había sobrado de un trabajo del colegio y la recortamos con forma de volantín. Le puse mi nombre bien grande y la llevamos al correo. Me olvidé durante varios días de que estaba participando en “Cachureos”, el programa que entretenía nuestros domingos al mediodía, durante la década de los ochenta.

Cuando uno es niño no piensa en nada más que los actos concretos. Yo no sabía de procesos, situaciones o elementos confluyentes para que algo ocurriera. Yo sabía que mi carta tenía que ser elegida y que me ganaría una bicicleta y sería la envidia de todos mis amigos, porque además se oiría en televisión que la “ultra moderna” Oxford era de un niño que escribía de Punta Arenas. Y así fue.

Un día de octubre, casi más de un mes después, o tal vez más, desde que dijeron que el ganador era yo, me lo pasé preguntando a cada rato por teléfono, a la oficina de correos, si había llegado “una bicicleta desde Santiago, que me había ganado en mi programa favorito”. Como siempre, la persona que atendía el teléfono terminó por reconocerme y decir: “ah, sí, el niño que se ganó la bicicleta en “Cachureos”, no aún no ha llegado. Yo me quedaba muy triste, porque pensaba que era mentira. 
Hasta que un día el cartero, sí, el señor que siempre llevó la correspondencia a mi casa y tú le dabas 100 pesos, dijo que esperara, que esta vez traía una “carta” grande, así que ven ayúdame. Salí hasta el jardín y la camioneta de Correos de Chile tenía abierta las puertas traseras. Ahí, nos entregó a mi hermano y a mí dos enormes bultos de cartón corrugado, que pesaban un poco más que yo en esos años. No entendía muy bien cómo una bicicleta cabía dentro de dos bultos, pero no cuestioné nada y me puse a romper el envoltorio hasta que apareció un pedazo metálico, un manubrio recubierto y unas ruedas. Yo estaba en éxtasis. 
 
Venía además una carta que abrí en menos de dos segundos y decía: “Felicitaciones, eres un ganador de “Cachureos”. Y más abajo, con algo así como tinta el nombre de Marcelo, el animador, con la fecha y el año. Me puse serio y te comenté que Marcelo no era tan cariñoso como en la tele y que me parecía súper raro que no dijera nada más. No sé, vivimos tan lejos poh mamá, cómo no va a decir "gracias por escribir de un lugar tan apartado", o "que pase el frío y puedas hacer deporte o qué se yo”. Claro, tú, siempre tan linda, no quisiste decirme nada y yo estaba tan emocionado, que de tanto apretar la carta la tinta del nombre se chorreó un poco y me manché las manos. No podías romper la ilusión y contarme que yo era “uno más” los niños que en todo Chile eran saludados por el “archiconocido” animador. Pamplinas. La magia de la televisión, lentamente se iba deshaciendo.
 
Con mi hermano armamos la bicicleta en un dos por tres y como era costumbre nos pusimos a pelear por quién subiría primero para ir a dar una vuelta a la manzana. Él alegaba que me había ayudado a armarla y yo que era el dueño por haber mandado la carta. En un acto que sólo hoy entendí, nos dijiste que no peleáramos, que la bici era de los dos y que yo no debía ser egoísta, pero para mí la bici era mía. Mi hermano se sentía dueño, porque astutamente logró abrir, cerrar, destornillar y atornillar unos pernos que a mi me costó varios minutos poner en su lugar. Al final no fue problema. Dejé que mi hermano fuera a dar una vuelta, luego de ganarme el cachipún. Cuando fue mi turno de usarla, noté que me quedaba un poco grande. Mi hermano se las había ingeniado para que yo usara su bicicleta y él la nueva joyita que sólo yo tenía.

No logro hacerte reír, pero el doctor dijo que mis diálogos te mantienen atenta. No es fácil hablarle a alguien a quien sólo se oye respirar, pero te dije que no quiero pasar mucho tiempo acá, por lo que no sirve de nada alegar. Mis historias van siendo cada vez menos y te miro como esperando que te levantes y me digas “ya, córtala con tus historias”, o alguna cosa así, pero nada. Duermes que da envidia.

Un kinesiólogo está mirándote por la ventanilla de la habitación. Baja la vista y presumo que compara tu nombre con el de la ficha que trae en sus manos. Entra con curiosidad y me mira como no entendiendo qué hago al lado de tu cama y le explico que estás en coma y que no me moveré de ahí hasta que despiertes. Se ríe compasivamente y me explica que debe tomarte en brazos para ver la postura de tu cuerpo. Me da a elegir si espero afuera o me quedo. De aquí no me mueve nadie, pensé.

Tus manos están pesadas como bolsas de agua y el kine dijo que tu cuerpo no será movido “hasta que despierte”. Ya estaba pensando como iba a hacer para mover a alguien que no respondía. Terminó de escribir unas cosas y se fue.

A esta habitación entra más gente que a un banco y me parece que la circulación de energías es altísima. Me he puesto hasta místico en mi afán de encontrar la forma de hacerte despertar.

Mi papá viene entrando. Me comenta que faltan pocos días para navidad y que si quiero me voy un rato a descansar, porque él quiere quedarse. Por ningún motivo, le digo, aquí estamos los dos para apoyarte y no me parece divertido estar lejos en momentos cruciales como éste, donde no sabemos cuándo se te ocurrirá despertar.

La vida en las clínicas son momentos absolutamente inesperados. Nunca imaginé todas las cosas que pasan, ni la cantidad de personas que están internadas esperando lograr mejoría. Es un mundo lleno de cosas tristes, por lo general. Ni maternidad se salva de las penas, porque en el pasillo vi a una familia muy afectada, tras la muerte de su hijo recién nacido.

Empiezo a cuestionarme muchas cosas. Recuerdo otras. Tomo tu agenda, que dejé dentro de un mueble, cerca de tu cama, por si cuando despiertes te dan ganas de seguir escribiendo tus cosas. Olvidé comentarte, que como ha pasado más de un mes, supuse que no querías quedarte sin saber y escribí cada día las cosas que han pasado hasta ahora. A modo de diario de vida, para que no andes despistada después.

El día número uno de tu agenda, cuando entraste a la clínica, tiene sólo una frase que dice: ingresas a la unidad de cuidados intensivos. No quise poner nada más, porque ya sabes que me gusta escribir y no alcanzaba el espacio. Además,  decidí en ese momento que las cosas medio tristes las resumiría, para centrarme sólo en las más alegres. De hecho, el movimiento de tu dedo hace unas semanas lo registré como: “moviste un dedo (parece)”. ¿Cómo no vas a ponerle un poquito de empeño extra y mueves la mano?. Pienso.

Cierro tu agenda y decido bajar a fumar. De la máquina de bebidas saco una coca cola normal (no sé cuándo me empezaría a gustar más la light) y me siento en un escaño que está justo debajo de tu pieza. Miro hacia arriba y sólo veo la luz de tu habitación y otra más. Me fijo en tu ventana y te dejaron con el respaldo de la cama tan alto, que logro ver tu cara dormida. Y me da mucha pena, porque los días pasan muy rápido y ya es mucho (demasiado) el tiempo que no hablamos. Doy una calada al cigarro y la noche parece haber llegado sin avisar. La luna está por la mitad y un puñado de estrellas iluminan este diciembre que está empezando.

No sé si tengo pena o rabia. Sólo siento que improviso, tal vez soy como  un personaje preparado para este momento y decido no cuestionar nada, porque a los hechos consumados sólo queda enfrentarlos. Nadie pensó que te iba a pasar esto y nadie me avisó cómo debía estar para cuando estuviéramos aquí. Ahora que estoy, un poco solo y con frío, te miro desde abajo y te pido que despiertes. Aunque sea para que conversemos un rato. Sé que no me oyes, pero insisto en creer que sí.
 
 Vuelvo a tomar el ascensor y respiro profundo. Quiero entregarte energías. Aún falta tiempo para que las cosas cambien.

Por BZ

miércoles, 21 de octubre de 2009

Mis tardes junto a ti

El día número once en esa clínica amaneció más frío que otros. El árbol que crecía afuera de tu ventana, en un pequeño patio interior tenía las hojas mojadas y yo pensaba si, tal vez, estaríamos ahí hasta el invierno. Dejé de pensarlo, con el "buenos días" del doctor Cereceda, que tenía bordado su nombre, con hilo azul y de mala manera en el delantal y sus llamativos dientes eran amarillos como los de un caballo. Te tomé la mano derecha y la tenías tibia. La izquierda parecía una empanada, por lo hinchada que estaba. Se sentía fría además, como una manzana recién sacada del refrigerador. Yo te hablaba. Y te decía que "para qué hacías eso", pero mis chistes no hacían reír a nadie. Cereceda revisó tu ficha clínica. Hizo dos o tres comentarios en voz alta y se fue. Yo lo miré de reojo y no dije nada, porque entendí que era él quien sabía y sentí que preguntar algo no aportaría nada. Ya todo estaba dicho.

Cuando nos quedamos solos te dije "ya mamá, despiértate no más, si ya se fue" y tampoco salió chistoso. No despertarías.Y los días iban a pasar muy lentos, en esa habitación que tenía muy fuerte el aire acondicionado y me dejó resfriado por semanas. Decidí contarte algo que pudiera ser entretenido. Y me acordé del coro de la parroquia, de Concepción, donde canté, durante los primeros años que estudiaba periodismo. Según yo te reíste. Bueno, yo creí verte sonreír.

Fue un domingo especial. Yo había estado un par de semanas familiarizándome con la iglesia, que quedaba cerca de la casa de mi abuelo y sentía gran curiosidad por las personas que, según yo, tenían la suerte de cantar en el coro de la parroquia. Por lo que un día tomé la fuerte decisión de que yo también formaría parte de ellos.

El coro estaba compuesto por una niña muy simpática, que tenía unos gruesos lentes y una delgada voz; un joven medio rubio de voz grave y otro moreno, que tocaba la guitarra de manera magistral.  Según yo a ese coro le faltaba la presencia de un joven atractivo, con buena voz y que incentivara con su voz a todos los feligreses. Bueno, quizás no funcionaba así, pero cuando uno es joven exuda cierta ingenuidad que con los años deja de acompañarnos.

Antes de ser parte del grupo que cantaba, mi presencia no habría sido gran novedad, si no fuera porque al momento de cantar "Gloria a Dios" yo me sentía dando un concierto, en vez de entonar de forma discreta canciones de misa. Lo que siempre he creído es que esas personas me debieron odiar con todas sus fuerzas. Sobre todo los integrantes del coro, que eran quienes iniciaban los cánticos y ahora se quedaban sorprendidos escuchando que alguien, en medio de la gente,  les había “robado” su labor.

Yo sentía que estaba siendo el mejor feligrés de todos. Si algunos ayudaban reuniendo las ofrendas, yo ayudaba desde una "perspectiva" más artística.  Ahora creo que deben haber advertido hacía tiempo mi presencia. Yo me paraba sobre la punta de los pies, o elevaba un poco la planta, para verme más alto y así hacer escuchar mi voz a las personas que pudieran tener alguna duda que era la que hacía falta en el coro. Mi cabeza sobresalía y desde lo alto los jóvenes deben haberse preguntado quién era este enfermo mental que no les dejaba hacer algo tan simple como cantar, pero yo no tenía conciencia de eso. Era tal mi deseo que sólo quería ser uno más de “los niños del coro”. Y así me lo pasé durante muchos domingos.

Cuando mis técnicas no hacían más que quedarse en esfuerzos infructuosos decidí que la mejor forma de hacer algo era "haciéndolo saber". Y me pasaba tardes enteras desarrollando alguna idea para ser “el elegido” al que llamaran para cantar en el coro de esa parroquia. La gente tenía que saber de mí, pensaba. La gente tenía que saber que yo estaba ahí. Por lo que,  concluí que si el cura desde el púlpito hablaba tanto y pedía mucha atención a las “lecturas”, se me ocurrió la genial idea de usar esa tribuna, para dejar el anonimato y ser convocado al grupo de canto.

Hice las consultas respectivas y descubrí que para leer la primera, o segunda lectura, en la misa, sólo había que organizarse con las demás personas que colaboraban  y debía hablar con la señora que era una especie de "ayudante del curita". Reconozco que me dio un poco de rabia. ¿Por qué tenía que preguntarle a alguien?, si lo que yo quería era leer (bueno, era mi recurso más a mano para que me vieran y escucharan mi voz) y esa señora no era dueña ni de la biblia, ni de la misa, ni tenía algún poder de nada,  pero decidí no pelear. Llegué más temprano de lo habitual y seguí todos los protocolos de esa parroquia y me dispuse a hablar con la señora.

La "ayudante" era una mujer mayor y  tenía cara de santa. Solo le faltaba ser de yeso, para rezarle un ave maría. Su cara era lozana y blanca como las virgencitas y sus dientes estaban perfectamente cuidados. Debe haber sido profesora en sus años mozos, pensé, por el tono de voz con el que me dijo que le parecía "curioso" que un joven de hoy "quiera leer en la misa", mire que hoy los jóvenes no se dan tiempo para Dios y andan haciendo puras leseras, muchacho por Dios. Me dijo en forma de reproche, justo antes de balbucear que no estaba segura si podía pedirle el lugar a alguna de las personas que estaban “seleccionadas” para leer. Por lo que quedó en "avisarme". Ah, no, dije yo. Nada de avisarme, yo leería la primera lectura, así tuviera que esperar horas. Y ahí me quedé. Por lo que la señora ayudante no tuvo más remedio que indicarme dónde comenzaba y terminaba la lectura. Estuve a punto de enojarme, pero me acordé que yo no quería hacerme famoso, ni convertirme en sacerdote. Solo estar en el coro y ser el primero que empezaba a cantar. Me dediqué entonces a ser el lector de la primera lectura de ese domingo. Y por supuesto yo  no sería uno cualquiera.

Ese domingo me puse una polera amarilla que usaba en esa época, porque según yo me quedaba increíble. Claro, se veía más la polera que yo, pero me gustaba. No advertí de ese detalle, hasta que me di cuenta que por tratarse de una ceremonia formal, quizás debí usar una camisa blanca, o algún color más sobrio. Nada qué hacer. Cuando el curita dijo “hermanos, asiento, escucharemos la primera lectura” en mi mente de niño –que-ayuda y quiere-ser-parte-del coro- pensé que me estaba presentando y no encontré nada mejor que darle las gracias, al comenzar mi alocución. Sentí unas risas nerviosas al final de la iglesia y el padrecito frunció el ceño, en un claro gesto de “mijito no haga eso” y yo lo miré de reojo como respondiendo”¿terminó?” y me dispuse a leer. Mi "público" me esperaba.

Respiré profundo y en vez de sentir nervios mi entusiasmo salió a relucir y sentí que yo era un conferencista que daba una charla y pensaba que toda esa gente estaba había llegados hasta ahí, para escucharme. No caí en cuenta que debía leer y se produjo un silencio que al parecer se hacía eterno. Yo reflexionaba acerca de lo distinto que se veía todo desde ese podio y la señora de la primera fila puso cara de “quién le dijo a este jovencito que leyera”, cuando escuché desde atrás unas no muy amables presiones: ¿Hey, qué pasa? “Lee de una vez”. Y entonces desperté de mi viaje al ego y comencé la lectura.

Lo hice lento. Muy lento. Distinguí cada palabra y la extraje del texto para decirla ante el micrófono y se produjo una especie de embrujo. La gente me miraba como quien observa a un ovni, o a cualquier ser que no pareciera común,  mientras yo leía como que si estuviera en la tele, leyendo las noticias (en esa época hacía la práctica en prensa y grababa los audios de mis notas). Comprendí después que la gente reconocía mi voz, "no ve que se parece a la voz de un locutor", "no, si yo la he escuchado antes", cuchicheaba una señora con su hija en la segunda fila. Mientras se oían mis palabras finales más lentas que nunca: “Hermanos…..ésta…..es ….. palabra….. de … Dios”.

Nunca nadie leyó una primera lectura con tanta pasión. Los doce apóstoles parece que estuvieran acá, "no ve que el joven lee tan lindo", decía una abuelita muy simpática. Claro, se me ocurrió afirmar una mano en el podio, mientras con la otra dibujada las palabras en el aire y enfatizaba en situaciones para que a nadie le fuera a quedar una duda de que Jesús conversó con los doce y “nadie tuvo dudas acerca de lo que iba a ocurrir”. Ahí, yo enfatizaba en lo que “iba” a ocurrir, como si fuera algo tremendo. Y la gente me miraba como si estuviera contando el final de su teleserie favorita.

Los días que leí en la misa hicieron que la gente me llamara el "joven que lee bonito". Si bien no era un mal comienzo, se alejaba totalmente de mi idea de convertirme en la "primera voz" que inicia los cantos y que más encima lo hace desde el segundo piso. Tras ese apelativo decidí no leer más. Y me fui alejando de los primeros asientos de la iglesia, para darle la oportunidad a otras personas y hacer que la "fascinación" bajara un poco, para empezar mi tarea de convertirme en cantante del coro dominical.

Como las cosas no tenían mucha pinta de cambiar, al terminar la misa esperé que bajaran los integrantes del coro y cuando pasaron por mi lado sentí que me saludaban amablemente, por lo que di mi golpe final. Los felicité y les dije que me parecía "increíble" que gente joven cantara en la iglesia, no como en otras, donde lo hacen unas abuelitas que provocan sueño. Se rieron y de pronto escuché algo que ni siquiera imaginé.

-Estábamos pensando que si lees tan bien, quizás puedas cantar así de bien- me dijo el niño medio rubio, seguido de la niña de lentes y el morenito que afirmaron con sonrisas esas palabras.

-Claro, por qué no, quizás podría intentarlo, dije. Haciéndome el baladista de Warner que recibe una millonaria oferta de Sony BMG y no sabe si será la decisión correcta. ¿Les parece si lo pienso un poco?. Me pidieron por favor que les avisara. Había dado en el blanco.

El día del debut en el coro sentí que no eran tan lindo estar ahí, en ese segundo piso, arriba de todo, con muchas personas girando sus cabezas para vernos y siguiendo nuestras letras. Las semanas pasaron rápido y en un mes aprendí muchas canciones. Cuando el cura terminaba de hablar, resultaba perfectamente aceptado que yo entonara casi a capella “Santo, Santo, Santo es el Señor…” Y la gente me seguía, como disfrutando de cantar conmigo. Ahí, como los niños que tienen el chocolate en las manos y ya no quieren más, porque era mejor cuando sacaban a escondidas, me dejó de gustar la idea de estar en el coro de la parroquia San José, de San Pedro en Concepción y dije que no podría seguir cantando, porque se venían los exámenes e iba a tener que estudiar también los domingos.

Les agradecí la oportunidad y fui un par de veces más, para no ser descortés con todas esas personas que me trataron muy bien y se preocuparon de pasarme las letras y acordes de todo el repertorio que hasta hoy se canta en esa linda iglesia del sur. Yo había cumplido mi deseo de cantar ante muchas personas y acompañado, pero me di cuenta que eso ya no era para mí. Ahí terminó mi carrera de cantante de coros y volví a ser el estudiante de periodismo que terminaría trabajando en la televisión.

Termino de decir esto y parece que estuvieras escuchándome. Yo sé que lo haces, pero tu cuerpo no responde y no quiero presionarte, pero quiero creer que  en algún minuto va a pasar que te despiertes y ahí te pediré que cantemos, para ver si sigues teniendo la misma voz. Miro el monitor que tiene un corazón verde y me dan ganas de apagarlo y tirarlo lejos, pero luego recuerdo que es vital para saber como está tu ritmo cardíaco y tu respiración.

Las personas saturamos al 100 por ciento y tu estás en 95. "No es malo" dijo el doctor, cuando pasó un rato a verte. No es difícil la vida en una clínica, pero el dolor anda por todas partes. Una señora está en silla de ruedas y no alcanza a abrir una puerta. Voy corriendo a ayudarla y me da las gracias. Vuelvo a tu lado y pareces en otro planeta. Me enojo un poco, pero no te digo nada, para que no te aceleres. Yo juro que me escuchas y no tiene nada de entretenido que andemos peleando y menos en público.

Yo creo que sabes que trato de hacer una vida normal, pero no me resulta. Es extraño hablarte y oír sólo silencio, en la habitación de una clínica que ya parece nuestra casa. Enla pared, justo arriba de tu cabeza alguien puso un santito y yo le rezo y te digo que pongas de tu parte. Sí, también te reto. Es que si no te trato de manera normal va a parecer que estás enferma. Y tu no estás enferma. Estás algo distinta, pero vas a volver a ser la misma.

Los ejercicios que inventé con tus dedos ya no me hacen gracia. Un movimiento para sí y dos para no, contigo no resultan. Hasta en una clínica te pones porfiada y yo te digo que la cortes, que muevas las manos, los pies, una ceja, el pelo lo que quieras pero mueve algo mujer por dios, no te puedes quedar así... toda tiesa. No es verdad eso que dijo el doctor que no vas a volver a caminar y vamos a tener que andar trayéndote en silla de ruedas. No, eso si que no.  Ya sé la cara que vas a poner cuando empieces a darte cuenta de las cosas. Si es que se te ocurre despertar. Yo ya decidí que te voy a decir todo de una. Así como siempre ha sido.Los días que estuviste lúcida, antes del segundo derrame cerebral, me dijiste que era muy bueno que no perdiéramos la confianza y la cotidianeidad y yo te dije que eso era imposible entre nosotros, porque precisamente no sabíamos hacer las cosas de otra forma.

Ahora te miro y tienes la cara menos hinchada que otros días, pero tu respiración no deja de ser desesperante por ese aparato que suena como si estuvieran inflando una pelota, pero es tu pecho el que sube y baja y se ve extraño. Yo sé que vas a respirar por ti misma, sólo que ahora te estás haciendo la linda. Supongo que te habrías reído, si me oyeras hablar así.
 
Bueno, yo que lo haces. Siento que te estás riendo. Lo desesperante de esto es que no hables, que no te quejes, no digas algo, por lo menos para saber que estás bien, o no,  o que necesitas algo, o que quieres estar sola.

Eso sí que hago. Aprendí a dejarte sola pensando simplemente que si estás bien conmigo, tuviste que aprender a no estarlo y también estabas bien. Así que salgo a fumar un cigarro, bien rápido y vuelvo. Lo divertido es que según yo nunca estás como antes, pero en realidad nada ha cambiado. Muchas sondas cuelgan en tu pieza y el silencio es abismal.

Me siento en mi sillón y cierro los ojos. Busco en mi mente historias para contarte. 
 
Estoy haciendo una carta para mandar a un programa y me dices que use un plumón negro, para resaltar más que es de Punta Arenas, que quizás así la sacan de entre muchas, por los detalles que la destacan. Debo tener uno 8 o 9 años y mi hermano 10 u 11. Estamos llegando de misa y me dices que me gané una bicicleta. Y yo salto de contento.

Me despierto de un sobresalto. Alguien viene a visitarte.

(Continuará...)

Por BZ

viernes, 2 de octubre de 2009

San Antonio


Ésta es una historia ficticia. Cualquier similitud con la realidad es sólo coincidencia y tiene que ver con que quien la lee sabe algo del amor

Vengo saliendo de la iglesia. Un chiquillo me mira con cara de conocerme de alguna parte, pero me hago la tonta. No recuerdo haberlo visto ni en pelea de perros. Me siento en la escalera que está en la puerta y miro a la gente pasar, mientras me pregunto si mis oraciones habrán sido escuchadas. Una señora le compra un algodón dulce a un niño, en el carrito donde pregunté si esta era la iglesia del "amor", como me dijo mi amiga la Rosario y el caballero se rió como si hubiera dicho un chiste. Me arreglo el vestido floreado que le saqué a mi hermana, la Amparo y le doy una mirada de reojo al chiquillo que no deja de fijarse en mí y pienso muchas cosas. Me siento un poco tonta. Me sonrojo y bajo la vista, mirando la punta de mis dedos que se llenaron de polvo caminado desde el terminal hasta acá. Reviso mi chauchera y me quedan hartas monedas todavía. Las saco, pero con los nervios las boto todas al suelo. Me hago como que no pasa nada y las recojo, mientras me tiro el borde del vestido, para que no se me vayan a ver los calzones.

Vine a Putaendo porque dicen que aquí el santo del amor y de los novios cumple las súplicas. San Antonio. Sí, el mismo de la canción que bailamos en los matrimonios con la Rosario y nos reímos, porque las dos queremos que nos traiga un novio. Tiene que rezarle con harta fe y humildad mijita, me dijo mi madrina, cuando me bajé del tren en Santiago. Y yo le hice caso. Miré para todos lados y me arrodillé sin más, frente a una estatua de yeso con forma de hombre, vestido de café, con un niñito en las manos. Y cerré los ojos. Los apreté bien fuerte. Y me puse a rezar como monja. Dije todos mis pecados,en voz baja, en un acto de arrepentimiento. Para que se le limpie el alma y así el santito pueda actuar sobre un alma impía,recalcó mi querida madrina, que es casi como mi mamá. No entendí mucho, pero empecé a acordarme del Renato y los besos que nos dábamos a escondidas en la cocina; de los juegos cochinos con mi primo, que decía que no era malo que dos primos se demostraran amor y de José Humberto, mi último pololo que me dejó con las ganas de casarme, porque prefirió irse con otra, a la que dejó embarazada. Y me acordé de Aurelio, el chiquillo que me llevaba las bolsas de la feria cuando mi mamá me mandaba sola y descubrí tempranamente, el encanto de una mujer en medio de los feriantes. Aurelio fue mi verdadero y gran amor. Me decía cosas lindas y me abrazaba hasta que sintiera su respiración pegada a la mía y con eso, el miedo de sentirme sola se me pasaba. Aurelio fue el único que dijo que me amaba y al único que le creí cuando me lo decía. Era un chiquillo tranquilo, que me hizo pasar las horas más felices que yo pueda recordar.

Cada jueves le regalaba una manzana, una chirimoya y dos plátanos. Después mi mamá me retaba, porque cómo cabra tonta no te das cuenta que todas las semanas te dan menos frutas. Y yo me reía. No podía decirle que Aurelio era tan lindo, que me llevaba él solito las tremendas bolsas, con la verdura y la fruta, que tanto bien le hacen a ustedes, porque están creciendo, como repetía mi mamá. No podía decirle que cada semana, desde que lo conocí por casualidad, mientras compraba unos limones, me dijo que si acaso yo era tonta que andaba cargando todo ese peso sola, no ve que se va poner viejita y una mujer no puede llegar a vieja sola. Y me quitaba las bolsas y cantaba canciones de amor, diciendo que lo perdonara pero que yo le había flechado el corazón con mi cara de no quiero que me hablen y mi voz. Decía que yo hablaba bonito, que se acordaba de mi forma especial de sonreír y que mi pelo nunca me lo fuera a cortar, porque así podía identificarme entre tanta chiquilla que anda a uno tirándole piropos desabridos. Y yo me reía, porque no podía creer que un chiquillo tan lindo y tan buena gente se fijara en mí. Si todos son iguales mijita por Dios, como me decía mi madrina querida.

De todo eso me acordé y hasta me puse medio tristona, porque aún llevo la cadenita de plata con una A y una C, que Aurelio me mandó a hacer, para que te acuerdes siempre de mí y cuando vuelva algún día sigas sintiendo este mismo amor que nos une, porque no te voy a olvidar mi Catatita, como me decía, no te voy a olvidar, aunque el servicio militar se alargue, no te voy a dejar y aunque pasen años, siempre te voy a llevar en mi corazón y en mi pecho.Sólo espero que no te vayas a olvidar de mí, me decía. Aunque pasen los años y un día nos encontremos, al menos yo, no te podré olvidar. Me repetía. El también se puso una cadenita con nuestras iniciales y se fue a Argentina, después del servicio militar, por una beca de estudios que le dio el Gobierno y que lo hizo irse a trabajar a Mendoza, como agregado sin fecha de retorno. Frente a San Antonio no pude evitar llorar, mientras un señor detrás mío comentaba no le vaya a pasar algo a esta niña por Dios, si llora como si se fuera a morir de amor, no digo yo que este San Antonio es lo mejor que nos pudo pasar.

Recé un padre nuestro y leí la oración que viene detrás de la estampita que compré en la puerta de la iglesia y le dije a San Antonio que ya estaba bueno ya, que no le costaba nada mandarme a un buen cabro, que se diera cuenta que yo soy una chiquilla sana y bondadosa que, aunque me cargara cocinar y hacer aseo, estaba dispuesta a darle todo a ese hombre que llegara, para que fuera feliz. Total, como dice mi madrina, una mujer se debe a su hombre. Aunque una sea medio floja y quiera que la atiendan o le lleven las bolsas. Así, bien valía la pena sentir las rodillas dormidas, después de media hora de estar rezándole a este santito que tenía una cara más rara, si hasta parecía mujer. Cállate Catalina, no te vaya a escuchar no más y hasta ahí va a llegar tu manda. Me dije para mí misma y seguí rezando.

Me acordé de toda mi familia, aunque no sé para qué si mis papás están muy bien juntos y mis hermanos están todos casados. Bueno, la Amparo y yo no más quedamos solteras. Aunque a mi hermana no le llega el amor, porque ella no cree, según me dijo. Los hombres son para jugar con ellos, porque son mentirosos y a una la dejan toda ilusionada y después se van, me decía firmemente. Y yo le creía, pero me cansé de creerle, por eso me vine a este pueblo un rato, con la única misión de pedirle a San Antonio que no me deje para vestirlo, ni a él ni a ningún otro santo. A mí, no. No me lo merezco, yo no he sido tan mala mujer. Al contrario, me he portado como una santa y hasta me vería bien parada ahí adelante con un niñito en los brazos, imaginé.

Después de rezar, me senté en una banca y escuché a las mujeres rezarl la novena y repetí junto a ellas Gloria al Padre, Gloria al Hijo, Gloria al Espíritu Santo.Como era en un principio, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén. Y sentí que una paz inmensa me llenaba el alma, el cuerpo y todo a mi alrededor. Miré a una viejecita que apretaba un rosario en sus manos y parecía estar sufriendo una gran pena y me quedé en silencio. Un caballero comentaba en voz baja sobre estas chiquillas que vienen a pedir novios. Me puse roja y me paré como cuando era niña y no me sabía las tablas y tenía que volver a mi puesto, porque no me salía la voz.

Por el pasillo de la iglesia, en medio de mucha gente, pedía permiso señora, permiso y trataba de llegar lo más cerca posible hasta Jesús crucificado y lo miraba de reojo, porque pensaba que podía enojarse por no pasar a verlo, pero le dije que no se enojara, que estaba ahí porque sabía que él a través de San Antonio no iba a dejar que me quedara sola, bueno, no tanto tiempo como para perderme un abrazo a los ochenta años, al lado de la chimenea en el sur, mirando cómo la lluvia se cuela por la ventana.

Después de hablar con Jesús, me puse a caminar hacia la puerta con la sensación de haber cumplido mi tarea. Era una niña en medio de adultos, pidiendo por algo que quizás debía dejar llegar, pero no me conformaba con la idea de no hacer algo para acercarme al hombre que, desde algún lugar, también sentía que la vida no se puede vivir de a uno, sobre todo en estos tiempos mijita, cuando todo está tan re peligroso como dice mi madrina querida.

Sigo sentada en las escaleras de la iglesia y no sé donde cayeron las monedas. No fueron tantas las que perdí, supuse. Me paré y me arreglé una vez más el vestido floreado y me sacudí el pelo, en un acto de total coquetería, que me pasé a llevar el cuello y juro que me dolió, pero me hice la tonta. Caminé lentamente con mi chauchera en las manos, pensando en el regreso a mi ciudad. Aunque aún faltaba pasar por Santiago nuevamente, así es que todo recíen comenzaba. De regreso, pero comenzaba. Dicen que todo al terminar vuelve a empezar.

Me despedí en silencio del amable señor del carrito de algodones y miré de reojo para ver si estaba el chiquillo que me tenía toda nerviosa, pero ya no estaba. Seguí caminando y me puse a pensar en las locuras que hace chiquilla por Dios, mire que ir hasta la Quinta Región y todo para buscar amor, si una cuando joven se esperaba tranquilita que llegara el amor, como dijo mi madrina.

De pronto, unas manos tocaron mi cuello y reaccioné con sobresalto. Pensé que alguien me quería asaltar. No alcancé a decir nada, cuando sentí en mi cuello una voz conocida que me decía: "Mi Catatita, se le cayó la cadenita y sin ella no me va a poder recordar". Me di vuelta inundada en llanto y vi la cara de Aurelio, más grande y más hombre que había regresado. Me abrazó y sentí su respiración y se me pasó el miedo de estar sola. "La vine a buscar, pues". Yo no pude hablar.

San Antonio, sí cumple.

Por BZ

miércoles, 17 de junio de 2009

Palabras que empiezan con...


La puerta del baño no cierra bien. Hay que sujetarla con la mano, para poder estar tranquila. Yo no entiendo nada, ni siquiera aquí puedo hacer pipí, porque tengo miedo que alguien pueda estar mirándome. Me subo la falda, me bajo el calzón y ya veo que aparece Jaime diciendo que no me he depilado, que le gusta así, o que me veo más linda "que la cresta" y que quiere que lo hagamos aquí mismo. Está loco. Ando indispuesta y no puedo darle ni un gustito, porque no tengo ganas de nada.

Ando en "esos días" y esos días no me toca ni el aire. Me levanto del baño y me lavo las manos, sin dejar de soltar la puerta con el pie derecho. Pienso en la tontera de tener que andar escondiéndome del tipo que me gusta. ¿Qué tanto digo yo?. Si total, igual me gustaría que entrara al baño, se pusiera de espaldas a la puerta y me agarrara, como lo hizo el lunes cuando volvió de la pega y me dio unos mordiscos en el cuello, que me hicieron inventar que me había dado algo así como "una alergia". Nadie me creyó. La alergia no deja morado.

Jaime es un tipo atractivo. De esos "washones" como dice la Pilar. Mide como un metro noventa y tiene las manos grandes, como me gustan a mi, las manos de los hombres. Tiene cara de niño, pero yo sé que se las sabe por libro. En la mesa el otro día, me miró con sus tremendos ojos negros que tiene y sin decirme nada, yo sentí que me recorría entera. Me hice la lesa. Su hermano Joaquín, cuatro años menor que él y ojos color cielo, casi se dio cuenta y yo le puse una sonrisa como diciendo que rica está la comida y estoy segura que ni me creyó. Jaime me miraba desde los pies a la cabeza. Sentí un calorcito rico que me invadía la entrepierna, pero me hice la tonta no más. Me acomodé un poquito y puse carita de pava, como de las que no cachan una. No vaya a darse cuenta su mamá y ahí si que queda la "tendalá", como dice ella, cuando pasan cosas que no deben pasar. A veces pienso que no debería estar viviendo en esta casa.

Si supiera la tía.
Vivo con la familia de Jaime hace unos meses, porque mi papá es primo en tercer grado de su mamá. Necesitaba encontrar un lugar donde vivir, luego de quedar en el curso de especialización, para secretarias bilingües, que imparte la Universidad Católica. Esa que queda en la Alameda y tiene un Cristo arriba en el techo. Al principio no sabía nada de Santiago, me perdía en las micros, no sabía cómo usar la tarjeta Bip esa y la gente me miraba con desconfianza. La tía me dijo que no era usual que las chiquillas anduvieran sin sostén todos los días. Yo le dije que me daba calor, pero ella me sugirió que usara no más, sino no iba a dejar títere con cabeza, niña por Dios. Y me puse unos medio deportivos, que me tienen las pechugas más apretadas, pero ya me acostumbré. Se me ven bonitas. Como dos manzanitas. Un señor me dijo el otro día si ya estaban listas para caer del árbol. Qué se habrá creído ese señor. Mire que piropearme así. En el sur, las manzanas caen cuando ellas quieren caer.

Me acogieron super bien en la casa de Jaime. Me tratan como a una hija más. Joaquín es amoroso conmigo, pero como es el más chico, a veces lo noto serio, porque seguro está celoso de haber perdido protagonismo. Si no fuera por esa mirada preciosa que tiene, diría que le caigo mal, pero es bueno conmigo. En general, todos, pero Jaime que cree que soy su nueva conquista. Su mamá le dijo a mi papá que donde mejor podía estar era con ellos. Claro que le comentó que su hijo era medio "picaflor" y que si yo me sabía defender, porque aunque fuéramos primos bien lejanos, ella sabía que su hijo era bueno para dárselas de picarón. Estos cabros no piensan en nada. Sólo andan por ahí, buscando la ocasión para equivocarse, primo. Mi papá sonrió y no le dio mayor importancia, porque el también a esa edad era picarón. Picarón, si claro. Mi papá, porque Donjuan y casanova es poco para Jaime. Si supiera su mamá, que en las noches, me mira por el hoyito de la pared y yo me hago la tonta, porque lo escucho como respira profundo y rápido, haciendo esas cuestiones que les gustan a los hombres. Y me siento como una "artista", de esas que bailan por ahí. Muevo las caderas y me tomo el pelo, sabiendo que el tonto está detrás de la pared, como cabro chico, saciando la pasión que a sus 25 no conoce de verdaderos placeres.

Cuando terminamos de almorzar y sus papás dijeron que irían a hacer la siesta, yo me tiré en el sofá con mi libro nuevo de "redacción y traducción: tomo I". El papá de Jaime me miró con sus inmensos ojos sacados del mar y me dijo "que le rinda mijita", como haciéndome sentir cercana. Y ahí llegó Jaime. Con su camiseta blanca ajustada y esos jeans que le quedan super bien. Me preguntó si me molestaba que se echara al lado mío. Yo pensé en un momento: ¿Molestarme?. Si supiera el tontorrón que me sube una cosa al pecho y me siento la mina más caliente del planeta cada vez que se pone a mi lado. Siéntate no más, oh. Le dije. Y se tiró el muy vaca, al lado mío. Pegadito como babosa a la pared en verano. Y yo leía. La utilización de los pronombres... Sí, pues. Si una es señorita. No voy a andar tirando el poto a la chuña, con el primero que aparezca. Bueno, no es el primero. Lo sé, pero no se las voy a dar así tan fácil.

Jaime empezó con la tontera de jugar a "las palabras que empiezan con": A. Aro. Abeja. Avispa. Amor. Aleluya. Ay. Amigo. Amante. Amigo!, repetí sin darme cuenta y me retó y dijo que perdía, porque ya la había dicho. Pasamos por todo el abecedario y mientras avanzábamos sentí que ya casi no hablábamos, susurrábamos. No niego que me gustó. Me decía al oído: piedra, pomelo, paz, parte, peces, polcas, payaso, picos, pasas, perro, pudú, pinto, pera, pene...Jaime estaba rozándome con todo su cuerpo y a mi se me escapó un gemido. Por suerte fue en su oreja y no había nadie más ahí. Empezó a frotarse contra mí y yo como que lo dejé al principio, pero después le dije que qué se creía que era yo. Y me pare y me arreglé el calzón que se me metió un poco en el poto y camine como la mina del comercial de shampoo que no pesca al tipo, pero igual le tiene ganas, rumbo a mi pieza. Me sentí la Jeniffer Aniston de esa casa.

Me quedé pensando toda la tarde en Jaime. Su mamá me preguntó si me había servido el silencio de la casa, en la tarde, para estudiar y yo le dije que sí, ni se imagina tía. Avancé tanto con mi lectura de redacción e introdu.. perdón, traducción: tomo I, que ya me sé toda la materia. Me pasé para mentirosa. No aprendí ni una cuestión. Es que no se puede con el Jaime al lado. Si ese cabro sabe que me gusta y yo no hago nada para dismularlo. Y el también se hace el tonto, porque se le ocurre ponerse esas poleras ajustadas, que dejan ver todos sus músculos y esa guata plana y fibrosa que tanto me exc...me gusta. Y mas encima me muestra cómo su pantalón le empieza a quedar chico. Así no se puede. Si una no es de fierro tampoco. Después dicen que somos nosotras las que andamos provocando.

Me fui a clases temprano al día siguiente. No me podía ni los párpados, de puro estúpida, porque en la noche, como la mamá de Jaime no se quedaba dormida, el muy pavo se puso a mirarme por el hoyito y yo me hice la lesa, pero le hice un show bien erótico. Me puse unas pantaletas rojas y como haciéndome la tonta, que no me cuesta nada, me acerqué bien al hoyito de la pared y puse todo mi "pussy", sabiendo que este tonto estaría detrás, casi con la lengua afuera. No sé si fue así, pero escuché clarito cuando se le terminó la fuerza. Y ahí me acosté. Y no me podía quedar dormida. Me imagine que Jaime me besaba entera y me hacía el amor, como el protagonista de "Amada hasta el amanecer de un día nublado", que fui a ver una vez con la Pilar y amanecí más cansada, que me metí al tiro a la ducha. Y me lavé bien lavada, porque estaba un poco sudorosa. Y decidí que si el cuerpo de Jaime quería salsa, yo sería su tallarín.

Planeé mi estrategia durante varios días. Tal como en las pelis españolas que tanto me gustan, ocupé la técnica de la mina que no pesca, pero que deja ver su interés. Cada mañana, al despertar, le daba un beso en la mejilla, asegurándome de dejarle humeda la piel y de pasar bien cerca al alejarme, para que mi perfume se quedara en la punta de su nariz. Pobre Jaime. Su cara de corderito me provocaba pena y pudor. Mi estrategia rendía frutos. A la hora de almuerzo, él hacía de las suyas y le decía a la tía que la iría a dejar para que no se cansara. No ve mami, que usted no está para estos trotes y se puede cansar y después tenemos que llevarla a la clínica. Le decía el muy cínico, para lograr quedarnos otra tarde a solas.

Yo me instalaba sagradamente en el sillón y él estrenaba nueva camiseta, dando rienda a nuestro "palabras que empiezan con" y nos hacíamos los tontos. A mi ya no me estaba provocando nada su roce en mi cadera y decidí ponerme más osada. Ramo. Rosa. Rubí. Riquelme. Rico. Raya. Resumen. Rasurar. Rasguño. Rugir. Remar. Rabia. Rica. Rodar. Radar. Rica...Otra vez. Le dije que si se equivocaba de nuevo tenía que pagar manda y hacer lo que yo quisiera. Él, baboso como todos los hombres, no dudó en aceptar.

Zapallo, zuácate, zapato, zorro, zafiro, zoológico, "zafari"... Yo creo que lo hizo a propósito. Mira que safari se va a escribir con Z. Mi curso de secretariado algo más que dactilografía me había enseñado. Se puso de rodillas y me dijo que le pidiera lo que yo quisiera. Y por mi mente pasaron uno a uno los sueños que tuve desde que llegué a esa casa. Jaime me tomaba por el aire y me hacía gritar; se disfrazaba de Superman y yo era la chica en problemas que el acudía a rescatar; yo era Jane en la selva y el mi desnudo Tarzán. Yo estaba en la cima de un cerro y Jaime era un explorador que me rescataba de las garras de un oso; Jaime era un rockstar y yo era la única chica del público que el rescataba para pasarle su polera bañada en sudor por todo el cuerpo; yo era Wilma y el mi Pedro Picapiedra; Jaime era el asesino de Alguien te Mira y yo su víctima, claro que nunca llegaba a matarme; otras veces yo era una bailarina de nightclub y el mi mejor cliente, que me daba las mejores propinas; a veces soñaba con su boca en mi entrepierna y ... Ya pues, dime qué quieres, me gritaba interrumpiendo mis sueños. Ya sé le dije, quiero que me des una sorpresa en el baño, como la del otro día, le insinué coqueta. Se puso rojo y me dijo que cómo se me ocurría, que nos podían pillar, sobre todo porque el pestillo estaba malo. Ah, no te crees tan hombrecito, le reproché. ¡Quiero una sorpresa!. Y me paré de un salto, mientras él trataba de dismular su excitación.

"I touch myself , I don't want anybody else, Oh no, oh no, oh no", me puse a cantar a todo lo que da, en el baño, mi canción favorita, por no decir la única que me sé en inglés de The Divinilys, tomándome el pelo y esperando que Jaime apareciera. Nunca llegó. Me sentí una tonta. Y de paso decidí no pescarlo más. Mira que hacerme esperar para tener mi sorpresa y darse el lujo de dejarme con los crespos hechos. A mi no se me hace eso. Y seguí cantando más fuerte, sintiéndome la estúpida Penélope sentada en la estación.

Para vengarme, decidí tapar con papel el hoyito de mi pieza y así dejarlo con las ganas de nuestro juego tácito de cada noche. No dijo nada el muy sinvergüenza, sólo comentó en la mesa, que le gustaría que el tiempo volviera atrás. Y me pegó una mirada de esas de teleserie, cuando el culpable mira a su víctima y la sentencia al silencio. Yo no hice caso y le dije a la tía que estaba haciendo un frío tremendo en la noche, que estaba pensando poner papel en toda la pieza. Y ahí el Jaime se avivó. Yo la ayudo mami, una señorita no puede andar haciendo cosas de hombres , arguyó para no ser interrogado, por su repentino interés. Y se fue derechito a mi pieza, con dos rollos de papel mural, que sacó de una despensa y yo lo seguí. La tía se fue a lavar la loza y le escuché decir algo así como "estos cabros de hoy en día".

Entró a mi pieza como quien descubre la casa de un mago. Miraba todo casi maravillado. Me dijo que no sabía que era tan ordenada y que de dónde había sacado tantos discos. Así es una poh, se cuenta el milagro, pero no el santo. Y tomó mi disco de Depeche Mode y lo puso en el equipo, mientras se tocaba el brazo derecho, como haciendo que le dolía justo en el músculo. Yo tomé el rollo de papel y le dije que le esperaba mucho trabajo, mientras le pasaba mi nariz por la oreja. Se quedó literalmente tieso y se puso como niño. A mi me dio lata y le dije que esperaba que fuera más osado. Este gallo para mí que es virgen, pensé. Y se dio media vuelta y me agarró a besos ahí mismo. Casi me mori, porque me apretó super fuerte y no me dolió, pero sentí que me quería demostrar que quien mandaba en ese momento era él. Y chita que mandaba bien. Nos quedamos callados por más de una hora, tapándonos la boca el uno al otro y disfrutando de lo que tanto queríamos que pasara. Claro que en mis planes no estaba lo que vendría después.

Tabla. Tenor. Ternura. Tapiz. Telón. Tetera. Teta. Tete. Tapir. Tahúr. Tenoxtitlán. Tocar. Trepar. Taladrar. Tapia. Tuyo. Tenaz. Tilde. Toldo. Tuna. Tocar!. Ya Jaime córtala, siempre repites a propósito. Y se hizo el tonto. Así nos pasábamos las tardes enteras jugando a "palabras que empiezan con". Cuando ya me estaba aburriendo del jueguito decidí que me equivocaría yo, para hacer que Jaime me pidiera lo que él quisiera. Lamentablemente no lograba repetir ninguna palabra, por hacerme la astuta y este tonto se equivocaba a cada rato. Decidí no jugar más por algunos días.

Las tardes que Jaime me extraño se las pasó encerrado en su pieza, mientras mi amiga Pilar y yo conversábamos y estudiábamos para los exámenes de redacción. Me cambié de polera porque hacía calor y me quede así, sin sostenes mientras le decía a mi amiga que me quería poner siliconas. Hasta que en un momento crei ver que un ojo daba vueltas en el hoyito aquel y me decidí a espiar. Cuando me acercaba, el ojo aquel ya no estaba. Mientras dejaba de mirar volvía a aparecer. Para mí que éste me quiere provocar, le comentaba a la Pilar. Lo que me extrañó era que no me había percatado que el ojo era azul y no negro como el de Jaime.

La Pilar se fue como a las ocho una tarde y Jaime insistió que jugáramos nuestro juego. Asentí amenazándolo que si perdía no jugaría nunca más. Loca. Lechuga. Lapa. Lámpara. López. Lavadora. Lenteja. Lios. Lastra. Lesbiana. Libidinosa. Labio. Lápiz. Lengua. Lota. Lingual. Lepidóptera. Lagarto. Lengua! Me equivoqué yo y Jaime se puso a reír largamente. Bueno ahora me tienes que pagar. Me sentí tan contenta, que me puse a decir "ya, ya, ya" como condenada y parece que eso lo excitó aún más. Me pidió que lo toqueteara ahí mismo y que no me preocupara, porque no había nadie en la casa. Y ahí estaba yo, haciendo lo que el señor me pedía. Me sentí usada. El muy infeliz fue incapaz de darme la sopresa que le pedi en el baño y ahora yo era su facilitadora manual.

Me fui a lavar las manos y a pensar frente al espejo cuando una mano enorme me tapó los ojos y la boca. Me asusté muchísimo y quería gritar, pero el portazo en la puerta y la forma en que me bajaron los calzones me hicieron relajarme, porque Jaime al fin había actuado. Me dejé llevar. Me entregué como una niña a mi primo en tercer grado, que me hacía suya con una mano en los ojos y un pie en la puerta, por si a alguien se le ocurría entrar. No me había fijado lo bien que lo hacía y cómo lograba hacerme feliz. Sentí cada rincón de su cupero y me sentí sorprendida. Como si antes no hubiera reparado en sentidos, tamaños, ni formas. Fue rápido y excitante. Cuando terminamos una mano tapó mis labios y unos tremendos ojos azules me miraron desafiantes, pero con la juventud de un cabro de mierda, que se las da de grande: "No querías sorpresas, espero que te haya gustado ésta, porque ahora yo también quiero jugar contigo. Empecemos al tiro: Con P: Paisana. Perspicaz. Pava. Patuda. Puta!"
Cuando Joaquín salió del baño, el mundo cayó sobre mis hombros. Me senté en la taza y lloré como la viuda del oficial de guerra, que no volvió de Vietnam. Sujeté con el pie derecho la puerta, por si a alguien se le ocurría entrar y prometí que nunca más jugaría a la niña bonita. Al menos no en una casa, donde mi show fuera visto por clientes que no invité a mirar.

viernes, 12 de junio de 2009

Tu, Verónica y Yo.



En la clase de hoy, el ramo de taller parece más complicado para Hugo que otros días. La cohesión no es perfecta en el discurso del profesor y la idea de escapar de la sala lo invade hasta hacerlo desesperar. En el asiento del lado está la joven que lo mira desde el primer día y eso que sólo han pasado siete, desde que se iniciaron las clases. Hugo respira profundo, toma sus cosas y se va de la sala, como quien sale de misa sintiendo el pecado sobre el cuerpo, como queriendo ser el actor que se retira de escena, cuando el cuadro ha terminado. Hugo sabe que quiere provocarla, hasta dejarla intrigada. Lo ha logrado. La joven lo mira hasta girar la cabeza y expresar con el ceño fruncido que no entiende nada. Una fuerte conexión no confesada entre ambos es el único nexo que los une. Fuertemente. Como un cordón umbilical, por el que pasan miradas, emociones, ilusiones y hasta deseo. Ese deseo que se mezcla con amor, que podría hacer estallar un edificio, como dinamita, aunque hasta ahora ninguno de los dos se haya decidido a encender la mecha.

Estuvieron mirándose mientras oían las propiedades del machiehembrado y Hugo se sintió más macho y ella deseó ser su hembra. Ella lo miró sobre los hombros y él sintió sus ojos clavados en su boca y en su cuello y no pudo resistirlo más. Una sensación de complicidad se apoderó de ambos. Amor diría Verónica, deseo puro, Hugo.

El tercer año de arquitectura de la Universidad de La Montaña pasa más rápido para ambos, mientras algo sacude sus corazones. Hugo está ahora detrás de la puerta y oye como Verónica pregunta si puede salir y espera en vano que aparezca tras el "no" cerrado que da como respuesta el profesor.

Hugo enciende un cigarrillo y camina lentamente, sin rumbo. Don Juanito, el auxiliar por más de diez años, barre una a una las hojas que acusan un otoño no esperado. Verónica está dispuesta a escaparse de la clase que más fácil le resulta entre los diez ramos que decidió tomar este semestre.

Abre la puerta y mira decidida, como buscando a quien sabe que la está esperando. Hugo se ha sentado en un escaño del patio interior, donde las colillas de cigarro dibujan un camino imaginario.

- ¿Te han dicho que lo guapo a ti no se te quita?- Verónica pregunta como queriendo dejar en claro que no está para conversaciones infantiles, ni palabras demás.

- Lo sé- responde Hugo siguiendo un juego que tiene muy claro y que está decidido a jugar.

- ¿Arrogante?, No lo imaginaba de ti. Preguntó Verónica.

- Soy el tipo que te gusta- se apuró en afirmar Hugo, mientras pasó su mano por el pelo, en un gesto absolutamente engreído. - No puedo ser menos-.

- Por eso me gustas. Has respondido a cada una de mis miradas y siempre supe que no te era indiferente- Atacó Verónica.

- ¿Indiferente?. Por supuesto que no. Una mina como tú, calienta a cualquiera.

- Jajajajaja, no pensarás que voy a acostarme contigo, sólo porque piensas que ando detrás tuyo.

"Tuyo" pasa lleno de lunes a viernes. Los dueños de los demás moteles, por más que bajan los precios, no logran concitar tanta frenética clientela como ese concurrido centro amatorio. La cama de agua y el jacuzzi fueron la excusa perfecta para que Verónica aceptara despertar al día siguiente, desnuda, apoyada en el pecho de Hugo, su "compañero" de Arquitectura. Hicieron el amor muchas veces durante la noche y Hugo presumió de su capacidad de conquista hasta que se quedó dormido. Verónica no le creyó ni la mitad de sus palabras, sólo porque no quería pasar por una mujer ingenua. Algo extraño la hizo desconfiar. No sabía bien de qué se trataba, pero su intuición femenina estaba indicándole algo que no podía explicar.

Los días que vinieron no fueron distintos. Y en cada clase Hugo encontró la excusa perfecta, para retirarse antes y no tener que lidiar con las quejas de su madre, por faltar tanto a clases. Del "Tuyo" se fueron al "Los acacios", "La noche", "Juntos" y "Masmotel", por nombrar sólo algunos de los que visitaron más de una vez, luego de conocer todos los que existen en la ciudad.

-No sé, me pilló de sopresa. No pensé que me llegaría a enamorar de él- le cuenta Verónica a Ursula su mejor amiga, en un café del centro.

- Siempre dices lo mismo- sentenció su amiga.

- Ay! No seas así. Esta es la primera vez que acepto acostarme más tiempo del que quería. Hugo me ha entregado demasiado cariño, como para dejarlo así como así.

- Sí, claro. Igual que Jaime, Jorge, Patricio...¿Sigo?.. - ironizó Ursula.

- Estás envidiosa porque pensaste que se fijaría en ti.

- Jajajaja.. Para nada. A mí ese tipo no me mueve ni media hormona. Tiene cara de tonto. De hecho mi hermano siempre me dice que el tipo es un presumido y que la mayoría no lo pasa, por lo mismo, porque es un arrogante. Un tonto.

- Sí, claro. Tonto y rico- replícó Verónica.
- No me interesa- enfatizó Ursula.

Hugo Casares tiene claro que no desea una relación formal con Verónica, pero sus sentidos lo traicionan más fuertemente cada día. Después de sentir sobre su piel los labios de la mujer que lo cotejaba, se decidió a dar un paso más en el affaire. Y la invitó a ser su polola, pese a la arrogancia de la chica.
- Yo creo que tu y yo deberíamos pololear- lanzó Hugo sentado en frente a Verónica en el café de la esquina.

- ¿Ah si? ¿Quién te dijo a ti que yo quería un pololo?. - desafió ella.

- Nadie. Yo no más lo sé. Y si no te decides voy a tener que decirle que sí a tu amiga Úrsula.

La cara de Verónica se desencajó hasta el extremo de sentirme mareada. La sola idea de imaginar que su mejor amiga le había mentido e imaginar a Hugo enredado en sus sábanas la puso mal.

- Deja de hablar huevadas, porque no vienen al caso- sentenció molesta.
- No son huevadas- deslizó él, como si se tratara de algo simple y verdadero.

La lluvia no se dejó esperar y Verónica caminó dos cuadras hasta su casa, decidida a saber la verdad, o al menos a intentar refutar de boca de su amiga que lo que Hugo decía no era cierto. No alcanzó a lograrlo. Al darse la vuelta, para mirar una vez más a Hugo el escenario cambió en un dos por tres. Un hombre llegó a la mesa donde quedó su compañero y amante. Se besaron en los labios. Verónica miró paralizada bajo la lluvia. Sintió ganas de vomitar.

Hugo hace seis meses es el novio de Manuel. El hermano de Úrsula.


Por BZ

martes, 9 de junio de 2009

El pianista inocente


El lunes amaneció nublado en la región Metropolitana. El frío cordillerano se convertía en escarcha en las afueras de las casas de Las Condes, decían los matinales. En Colina, el suplementero ya estaba instalado en su kiosko de la esquina y los transeúntes iniciaban una nueva jornada. Matías se puso una bufanda gruesa, que le regaló su hermana para su santo, cuando lo fue a visitar. Cerró hasta el último botón del viejo chaquetón azul marino, porque no aguantaba el frío. Se subió al auto pensando en que no tenía esa intensa sensación desde hacía 10 años. Lloró en silencio.

Dejó su bolso negro de cuero sobre sus piernas y miró como avanzaban uno a uno los postes, las casas, las personas, las micros. La vida. Todo avanzaba a través de un vidrio. Las últimas horas nunca supo como pasaron. Los disparos, la sangre, la ambulancia, el hospital, los curiosos y el silencio, no le pidieron permiso a nadie y llegaron.

A la casa de Manuel ingresó un poco atrasado, porque se entretuvo después de la oficina con unos malabaristas, justo en la esquina de José Miguel de la Barra, a pasos de su oficina en calle Rosal, en pleno Santiago Centro. Los quedó mirando y pensó en las distintas y sacrificadas formas que tienen las personas, para ganarse la vida. Se sintió contento. Su vida como arquitecto no era perfecta, pero al menos le permitía darse ciertos lujos, que quizás muchos no tendrían.

Pasó al supermercado y deambuló entre los pasillos como no sabiendo qué comprar. Por primera vez eligió el vino sin mirar, ni si quiera la viña de procedencia le importó en ese momento. Tampoco estaba seguro de que quería un merlot. Simplemente, lo tomó y lo compró. En el asiento trasero del auto quedaron el carpacho de salmón y las ostras. La discusión con Andrés al teléfono, minutos antes, lo había desconcertado. No se sentía culpable, pero sabía que su amigo tendría más razones que él para defender a Alejandra. Andrés y Alejandra estaban casados hacía cuatro años y aunque Matías era amigo de ella, desde la universidad, la desconfianza de su amigo lo ponía en entredicho y eso era algo que no sabía soportar.

Habían estado jugando a las cartas esa misma semana. Matías no quería recordar si era el lunes o el martes, pero se quedó hasta tarde, porque fue una de esas veladas entre amigos, donde estaban todos los que habían logrado traspasar la ligazón de los cuadernos y las jornadas de seis largos años de estudio, a una sólida y añosa amistad. Estaba el guatón González, que siempre miraba para atrás en las pruebas; la matea del curso y la más mina a la vez, Yessenia, "la de nombre de bailarina"; Luis Costa, Miguel Fox, Pepe Trapp y Raúl Gamboa. José Ignacio Carmona se había excusado de estar, porque su hija menor tenía "una fiebre que no quería bajar con nada". En suma, la promoción de arquitectos se reunía como cada mes, a repasar las razones de una amistad que los mantenía a todos, hasta ahora, felices.

Cuando ya las botellas dejaban ver hacia el otro lado, Andrés se ofreció para ir a comprar algo más y el guatón González, Luis Costa y Miguel Fox se ofrecieron para acompañarlo. Matías se quedó hablando por celular con Martina, su novia, que estaba en Lima y a quien no veía hacía una par de semanas. Le dio las buenas noches y le dijo que no se preocupara, que hasta más de las tres de la madrugada no iba a estar, porque al día siguiente le esperaban muchas cosas. Frase que más tarde le quedó dando vueltas y luego dejó pasar.

En la cocina, Alejandra preparaba más panes de ajo junto a Yessenia, mientras Pepe Trapp y Raúl Gamboa trataban de afinar un viejo piano, que se negaba a entonar las canciones de la época. Esa época en que se escapaban por el fin de semana a Algarrobo y regresaban cantando, con la intención de volver. Los panes de ajo estaban listos y el piano comenzó a sonar como nunca antes Alejandra lo había oído. Eran acordes de una canción clásica. El champán no la dejó recordar si era Beetohoven, Chopan o Brahms. Para ella, todo sonaba igual. Esa música la hacía volar y en ese minuto sus pies dejaban de tocar el suelo. Miró las manos armónicas, blancas y de dedos largos, con venas grandes y gruesas que se movían sobre las 88 teclas y parecían danzar sobre el viejo piano. Su piano. El que su padre le regaló cuando recién aprendía a guardar historias de amor en su diario de vida.

El ambiente en el departamento de los Gómez-Solar se llenó de paz. Todos comenzaron a mirar a Matías, que daba esta serenata en piano improvisada y el silencio se hacía cómplice con el placer de escuchar perfectas melodías. Alejandra servía más vino a Yessenia, que abrazaba a Pepe Trapp y a Raúl Gamboa le ofreció un quince años que tenía para ocasiones especiales con Andrés.

Todos bebían y Matías demostraba sus mejores dotes y todo lo aprendido durante los más de diez años de estudio, en el Conservatorio de Música de la Universidad Católica. Yessenia y Pepe Trapp se sacaron los zapatos y comenzaron a bailar. Ninguno reparó en los simples pasos de vals de los ex compañeros que alguna vez, incluso, se llegaron a distanciar. Raúl Gamboa se sintió algo borracho y se fue a la pieza de invitados, donde se arrojó en la cama y no despertó más. Alejandra se sentó al borde del piano, cual artista de cabaret a su cantante. Y Matías la miró fijamente y ninguno pronunció palabra. La música los envolvió en un silencio de sombras y luces, en una nube de armonía casi angelical. Alejandra veía caer desde el techo pequeños arlequines sonrientes, que la invitaban a bailar. Matías sentía en su pecho una fuerte emoción.

Los danzantes Yessenia y Pepe Trapp seguían perdidos en su arrítmico paso y el alcohol y la música los había hecho delirar. Rieron de recuerdos de universidad. Se abrazaban, volvían a bailar. Matías tocó algo así como una polca y los bailarines intentaban seguir el ritmo, sin lograrlo. Trastabillaron y cayeron el uno sobre el otro y se dejaron estar. Yessenia sintió el corazón palpitante de Trapp y selló sus labios con los de él, en un beso que los mantuvo aislados y excitados sobre una alfombra persa.

Alejandra envolvió con su pañuelo el cuello de Matías y la música dejó de sonar. Matías inclinó su cabeza, por la nuca, hacia atrás y vio en la mirada perdida de Alejandra el amor de los primeros años de universidad. Ese amor que duró hasta que apareció Andrés Gómez y arrebató su presencia del corazón, de la estudiante más hermosa de la facultad de arquitectura.

Matías dejó el piano y vio como sus amigos rodaban aún por la alfombra. Tomó a Alejandra por las piernas y en andas la llevó hasta el mesón de la cocina. Allí, en medio del aceite y el pan de ajo, la dejó suavemente caer, para posarse encima de ella. Se besaron y sintieron sus cuerpos explotar. En la mente de Alejandra los acordes del piano repicaban con aún más fuerza, mezclándose con el alcohol que ya se le había ido a la cabeza. Se abrazaron mucho rato y mucho rato hicieron el amor. Como niños que al fin pueden jugar con eso que alguna vez les prohibieron. Alejandra se sintió más mujer que con Andrés y Matías no temió reconocer que ella era el amor que siempre había esperado. Sus cuerpos forcejeban chocando con todo a su alrededor. Se pusieron de pie y arrancaron sus ropas con total salvajismo. Matías puso su mano en la boca de Alejandra, para no dejar escapar ni un solo ruido de sus orgasmos. Ella mordió su cuello, hasta hacerlo sangrar. Sería la marca indeleble, de una noche de música, alcohol y placer.

Cuando Alejandra descansaba en los brazos de Matías en el suelo de la cocina, la puerta se abrió trayendo un ruido de botellas y canciones, que Andrés cantaba con el guatón González, Luis Costa y Miguel Fox. Ninguno podía creer lo que veían: desnudos Matías y Alejandra estaban ahí, dormidos, desnudos. Andrés sintió ganas de vomitar y tomó un botella y la lanzó contra Matías, con tan mala puntería que dio en el rostro de Alejandra y la cocina se llenó de sangre. Matías despertó y aún desnudo se sintió el peor de los amigos y el más condenando delincuente. Ladrón de un amor que alguna vez quiso recuperar. Forcejeó con Alejandro, quien en ese momento sacó de un cajón una pistola y rodaron por el suelo. Un disparo terminó con la pelea.

Luis Costa, el guatón González y Miguel Fox llevaban a Alejandra, quien con la cara destrozada parecía llorar, a otra habitación. Y un largo silencio volvió a inundarlo todo. Sonaron las sirenas de carabineros.Se oyeron disparos afuera. Una ambulancia y la voz de un fiscal.

Andrés Gómez murió camino al hospital. Alejandra no resistió la hemorragia y los ex compañeros se retiraron del lugar, luego de prestar declaraciones. Las botellas vacías y el piano a medio cerrar fueron testigos del término de una jornada negra. Trágica y para olvidar.

Matías fue detenido y llevado al penal Colina 1. Donde compartió celda con reos comunes y asesinos de gran nivel. No hubo miramientos, para un joven que ni siquiera accionó el gatillo, pero de quien fueron encontradas las huellas en el arma asesina. Pasó largos años tras las rejas, por un crimen que no cometió.

En el forcejeo con Andrés el arma se disparó. Diez años es mucho tiempo para una investigación y Matías aún espera encontrar a Alejandra, de quien no supo nada más. Nadie le informó lo que pasó, pues fue un proceso rápido y a la cárcel llegó sólo con su bolso de cuero negro y el recuerdo de sus amigos que no aparecieron más.

Su madre le envió comida y lo visitó cada semana. Sus hermanas lo mantuvieron informado de lo que pasaba en Chile y él sólo pedía libertad. Un abogado amigo de su tío Nicolás logró revocar la sentencia de cadena perpetua y con una década más, dejó atrás el penal.

Se subió al auto en silencio. Uno a uno los postes, las casas, las micros se ven a través del vidrio. Aún hace frío en la capital. Matías se desanuda la bufanda y una cicatriz de una mordida aún permanece en su cuello. Deja el bolso en el suelo. En el auto que lo fue a buscar hay un diario, que en su obituario trae un recordatorio de la familia, por los diez años de la muerte de Alejandra Solar. Matías siente que un escalofrío lo paraliza. Desabrocha su viejo chaquetón azul. Mira por la ventana su regreso a la vida. Una nueva vida que desconoce y donde sin Alejandra, para él no existe nadie más. No tenía esa sensación desde hace 10 años. Recuerda la noche de piano, amigos y alcohol. La música vuelve a sus oídos, como la más triste de las melodías.
Una lágrima llega hasta su boca.

Por BZ

viernes, 5 de junio de 2009

El (mal) plan

En la bodega de despacho de insumos de la Constructora Crisac, hay un tipo que camina a paso rápido. Lleva bajo el brazo un par de carpetas, de donde sobresalen papeles, que contienen encargos, nuevos contratos, cartas de reclamo y mails que no quieren caer y en la mano derecha lleva su Iphone, la última adquisición, de buen chileno moderno y al día, que no quiere pasar inadvertido. Está algo ofuscado. La implementación de la nueva red informativa de personal, no está funcionando y sobre sus hombros lleva el peso de los reproches, que aún-intuye- no le ha tirado en la cara su jefe, Marcos Fernández. La noticia de que no será aprobado el plan, y la carpeta llena de papeles y temas que no quiere ver, lo tienen absorto.

Pasa revista a todos los paneles de información interna y entrega a los funcionarios los trípticos, que durante semanas estuvo elaborando, para mostrar las nuevas políticas de la empresa, en materia de elaboración y certificación de calidad y comunicaciones. No está contento. No logra disimularlo y llega al ascensor con más tedio que ganas. Volver a su escritorio es reencontrarse con el desgano y el cuchicheo de sus compañeras de trabajo. Las mismas que sonríen cada vez que algo falla. La mayor de ellas, su jefa, pareciera hacerlo a carcajadas, pero eso ocurre sólo en su mente. El hastío y el desgano le han hecho ver cosas en su mente, que no existen, pero que se mutiplican y lo alteran. El psicólogo, años atrás, ya había detectado su incipiente crisis de pánico.

Llegó a la empresa gracias al dato que le dio una amiga. Era un viernes por la mañana y salía airoso con la respuesta de que "su test psicológico fue aprobado y su curriculum está bastante bueno". Ese dato impulsó a este joven de un metro y setenta y tres centímetros de altura, 60 kilos de peso, pelo y ojos claros y una palidez casi enfermiza, a mantenerse en una empresa de la que sólo escuchó cosas de oídas y que hasta ahora le permitía sentirse, de alguna manera, realizado sólo profesionalmente.

Joaquin Trupán Latorre tiene 27 años, pero siente que más de 30 hubieran pasado por él. En su rostro las líneas de expresión y en sus ojos el brillo de una ilusión denotan ansiedad y decepción, espera y convicción. Si bien su trabajo lo llena, su corazón pide a gritos una pala de amor y un cargamento de emoción. Su trabajo lo consume y su cabeza no da para más. Bastante tiene soportando la mirada inquisidora de sus compañeros de trabajo, pero sobre todo de ellas, que lo miran con desconfianza y recelo, por ser el que siempre tiene una respuesta y quien logró cambiar arcaicas y rutinarias estrategias de trabajo en aquella centenaria empresa.

Frente a su computador ve que los meses pasan uno tras otro y siente como si no ocurriera nada especial, que le permita llenar el calendario con alguna actividad especial. Trupán está abatido, se siente disminuido. Su plan de comunicación no fue lo que esperaba y sabe que tendrá que dar la cara.

Llega a la oficina de Marcos Fernández sin intenciones de ser cortés, porque sabe que el sexagenario dueño de Crisac siempre gana y por más intentos de convencerlo, de que el problema no es el plan, sino la implementación del diseño, no logrará nada. Se sienta en un moderno sillón de cuero, que le produce una sensación de escalofríos y escucha atento los reclamos de su jefe. Trupán siente que está frente a un monstruo verde al que oye, pero no escucha y comienza a irse de ese lugar lentamente. Sin dejar de mirar, ni mover un sólo músculo de su pálida cara.

Abre la puerta y está frente a Felisa. Su novia, varios años menor que él, que lo mira con cariño, pero que oculta algo que Trupán sabe que no tardará en descubrir. La voz de su jefe sigue transmitiéndole palabras que no escucha y Felisa está instalada frente a él con su cara de niña. Trupán la abraza y siente que al menos alguien entiende su pena.

Hace calor en esa habitación, pero Trupán tiene escalofríos. Tiembla y su jefe no lo nota, mientras Felisa, en sus sueños sigue abrazándolo y entregándole una cuota de ese afecto que se perdió de un momento a otro hace algunos meses. Tenían una relación de ensueño, de esas que aparecen en las revistas de papel couché, en que los protagonistas cuentan que se sentían solos, pero de pronto se miraron y no se separaron nunca más. Así era la historia de Joaquín Trupan y Felisa Covacic, los compañeros de universidad que se enamoraron y eran la pareja perfecta para los demás.

"Falta creatividad, no se gastará más dinero y hay que buscar una solución", fueron tres frases que separaron a Trupán del abrazo de Felisa y lo trajeron de un zuácate a la realidad. Esa realidad que se perfilaba feliz y tranquila, soledad y despejada, pero que de un momento a otro se llenó de nubes sólo sobre su cabeza. Era tal el estado de evasión de Trupán, que el jefe seguía hablando y no lograba percatarse de su ausencia. Fue entonces que Trupán dejó de ver a Felisa y la vio partir, aislarse, esfumarse de su mente. "Lo siento Señor Fernández, buscaré la forma de arreglarlo", enfatizó y se puso de pie rumbo a su escritorio.

Salió muy tarde de la oficina y caminó por el centro de Santiago sin saber dónde ir. El sueño con Felisa en medio de la conversación con Fernández hizo a Trupán caer en un estado de indefensión y ostracismo ante el mundo, que sentía que ya no formaba parte de él. La luz roja del semáforo dio con todo en su cara y recordó la mirada triste de Felisa y la sensación de que algo le ocultaba volvió sobre él. No había tenido esa sensación desde la última vez en que encerrados en su casa habían discutido por la forma en que solían decirse las cosas. El ímpetu de Trupán y el apasionamiento de Felisa chocaban constantemente, por ganar una pelea tácita, no pactada, pero sí percibidad. Caminó por largas horas y sintió un vacío, de esos grandes, de esos que dejan las despedidas de personas muy queridas y que se disimulan apretando los dientes y elevando el mentón, como haciendo creer que no pasa nada. Trupán sabía poco de esas cosas. Las pensaba, pero no lograba apaciguar la impaciencia y el descontrol que sentía su cuerpo cuando una emoción lo invadía.

La mañana siguiente en la oficina no fue muy distinta. Trupán sabía que sería un duro trabajo volver a reconquistar la simpatía de Fernández, para presentarle un nuevo proyecto comunicacional. Las cosas no se veían fáciles y no tenía más cabeza para pensar, menos para elaborar algún plan. Decidió compartir el problema con algunos compañeros y organizó un grupo de discusión, por medio del cual, pensaba Trupán, podría obtener mejores y mayores resultados, que los ya desechados, luego de una rápida e improvisada reunión. Elaboró un nuevo informe, lo envió a la imprenta y pidió los 21 ejemplares que debería presentar al directorio.

La reunión con los ejecutivos se extendió por más de tres horas. Un email en su Iphone le avisó a Trupán que Felisa salía esa misma mañana a su nuevo trabajo. Era la cuarta vez que recibía el mismo mensaje, una mañana cualquiera y Trupán en su mente sólo le deseaba suerte.

Felisa Covacic no era precisamente una periodista ejemplar, pero al menos tenía la personalidad y la impronta de una mujer de carácter, de esas mal llamadas "de armas tomar", de las que cualquier cosa les parece algo fácil de resolver. Una mujer con más soluciones que problemas. Trupán la imaginó vestida de negro, un impecable traje de dos piezas negros, con seis botones y zapatos de ejecutiva, de los que tanto presumía, cada vez que trabajaba. El tiempo en casa, le había pasado la cuenta. Felisa adolecía de la actitud firme y las palabras "deséame suerte" acusaban su temor a ser laboralmente rechazada.

Trupán continuó con la exposición frente al directorio. Había logrado captar la atención del jefe de marketing y el asesor de estrategias comunicacionales, quienes apuntaban ideas y miraban con acusada atención, lo que entregó a Trupán cierta seguridad en su actuar, pocas veces experimentada. El nuevo plan de comunicaciones sería aprobado y Trupán entendería que no fue su error, sino uno más de las jugadas del azar hacia su trabajo. Los ejecutivos anunciaron la necesidad de nuevos responsables y nuevas áreas para establecer las políticas aprobadas.
Trupán celebró en silencio. Su plan estaba, pese a esto último, completamente aprobado.

La reunión terminó sin contratiempos y Trupán se preparó un café que tomó con un cigarro en la otra mano. Miró a través del vidrio su reflejo y se vio más joven y más ágil que nunca. Algo cansado, pero contento. Un poco impaciente, pero con una sensación de ver al hombre que había demostrado con creces que su trabajo era lo más importante. Junto a su reflejo creyó ver a Felisa. Y la contempló por un momento. Comparó ambas imágenes en el vidrio y vislumbró un futuro junto a esa mujer que lo había acompañado en todo momento. Repasó diez años juntos en un solo momento. A su mente venían las risas y los abrazos que siempre Felisa le daba de sopresa. Vio como su figura sonreía ante la flor que siempre esperaba y Trupán se encargaba de cortar sólo para alegrarla. De un momento a otro, su figura desapareció.

Carmen, la secretaria más antigua interrumpió la ensoñación de Trupán y le advirtió que el señor Fernández lo esperaba, porque necesita comunicarle algunas novedades de manera urgente. Trupán apagó el cigarro en un dos por tres y bebió rápidamente hasta la última gota del ya frío café que tenía en su mano.
Camino a la oficina de Fernández, Trupán sintió un relajo exquisito, porque sabía que la reunión de exposición había sido fructífera y se sentía tranquilo. Esta vez el discurso de su jefe debía ser alentador, pensaba. Respiró profundo, inclinó los hombros hacia atrás y reflexionó unos segundos acerca de las vueltas de la vida. En los momentos de giro, que llegan cuando menos se esperan. En las ocasiones que debió morderse la lengua, como esa misma semana, tras el fracaso de la implementaciónm del plan y en la ahora nueva oportunidad de ir al mismo lugar, por algo un poco más reconfortante. En su celular, un alerta de mensaje pasó al olvido.

Se arregló el nudo de la corbata y sacudió su chaqueta, como echando al suelo todas las malas vibras y las malas emociones que se habían acumulado esa semana. Sintió que caían una a una las burlas de su veterana compañera de escritorio, las risas socarronas de sus demás compañeros; la sensación de soledad de la mañana del martes y la resaca después del comida de aniversario; los pelos del gato trepando sobre su pecho al llegar a casa, los restos del chocolate que no se alcanzó a comer; un lágrima que escapó esa misma mañana, por sentirse tan imperfecto; la frustración de no tener todo lo que soñaba, la pelea con su mejor amigo y la discusión de oficina por errores de otros. Sintió también que sacudía la mala cara de Felisa reflejada en el vidrio, mientras tomaba un café. Destruía con ese simple acto, todo lo malo que cargaba consigo en su moderna chaqueta del traje color café.

Abrió la puerta de la oficina de Fernández con otro aire. Al entrar, la silla girada de espaldas a Trupán parecía sacada de una escena de película que todavía no arrendaba. Caminó despacio y sintió algo parecido al escozor. La silla comenzó a girar lentamente y nada parecía cuadrar.

- "¿No me vas a felicitar?" - preguntó una mujer, de la que en ese mismo momento Trupán olvidó su nombre. El sueño despierto de Trupán no se equivocaba.

Aún se lee en la pantalla del Iphone de Trupán un mensaje de texto sin responder: "Joaquín, aprende en quién confiar..."

Por BZ

lunes, 1 de junio de 2009

Marta


Mi nombre es Marta. Trabajo en la casa de los Fernández hace unos treinta y tantos años. Aprendí a escribir de grande, porque me salí de la escuela, por andar enamorada. No sé muy bien cómo se acentúan las palabras, ni que significa subversivo, pero me divierto leyendo los libros que trae la Paulita, la hija de la señora Francisca, que estudia Literatura. Y no me importa, he sido una mujer feliz, que ha entregado su vida a su trabajo y al amor, a un amor escondido, que duerme entre mi enagüa y los escritos que guardo debajo de mi cama, entre los palitos del sommiere y la alfombra. Un amor que vive en las canciones que canto haciendo el aseo y cuando voy de compras.

Era un hombre mayor. Me pasaba por diez años. Era alto y refinado y me miraba con cara de santo. Yo siempre lo veía cuando llegaba a ver mis hermanos y le servía tecito y me quedaba callada. Luego, nos veíamos a escondidas detrás de la Plaza Colón, en pleno centro de Antofagasta y me decía que me quería, aunque yo nunca vi que hiciera nada por demostrarlo. Hoy es sólo un recuerdo. Se fue así como llegó, para la fiesta La Tirana, cuando llevábamos tres años y yo pensaba que tendría un hijo.

Mientras revuelvo la comida, el olor a cebolla mezclada con el perejil y la pimienta, me transportan hasta Antofagasta, de donde me vine hace muchos años y la señora Francisca, la Paulita, Andresito y Don Andrés toman desayuno y se ponen a discutir, porque la niña no quiere ir con ellos a Vichuquén, que no tengo idea donde queda, pero sé que está para el sur, porque siempre dicen que la niña prefiere tomar la ruta por San Bernardo para cualquier cosa, menos para viajar con ellos y yo sé que es porque por ahí tiene un pololo. Ya la han pillado algunas veces. Y yo me hago la tonta, porque sé que el novio de la Paulita no es como ellos. Es un buen cabro, pero no tiene plata. Es un "aparecido", dice don Andrés y yo coincido con él, porque sino hubiera aparecido a mi niña no le brillarían los ojitos cuando aparece en la cocina con él...

La fritura para el estofado está listo y la cocina huele a especies que sólo yo disfruto. Teo, el gato, raspa con su lengua hasta la última espina del pescado enlatado que Don Andrés me trajo de Singapur, en su último viaje. Y yo sigo revolviendo la olla, mientras le pongo un poquito de comino a la carne y a las verduras, pero poquito no más, para que quede más sabroso. Y canto una canción de Rocío Jurado, que tocan en la radio Puduhuel, donde escucho a Pablito Aguilera.

Me siento en mi silla café, donde puse un cojín, que era de mi mamá cuando yo era chica y leo a García Márquez, un señor que escribe muy bonito y que dice que en Macondo hay mucha gente con el mismo nombre. Y me transporto otra vez. Leo despacito, para tratar de entenderlo todo. Parezco una chiquilla que aprendió a tejer e inventa cuanta cosa se le ocurre para practicar. Ya llevaría como diez bufandas, pienso. Y así me paso los días, hasta que debo dejar mi lectura, porque Andresito rompió sus bluyines y hay que buscarle una solución o la Paulita quiere que le doble un vestido que le queda largo.

Me siento contenta. Hoy la Paulita va a contarles a los señores que quiere casarse con ese joven. No sé que irá a pasar, pero yo no digo nada, porque la niña me lo contó antes de irse a la universidad y me dijo que era un secreto y yo los secretos los guardo como hueso de santo, porque de chiquitita fui siempre confiable. Y lo sigo siendo. Prefiero quedarme callada no más. Yo veo, pero soy ciega y escucho, pero soy sorda. Así aprendí a ser no más.

Cuando tenía como 15 años pillé a mi papá con otra mujer. Y puse una cara de espanto que la mujerzuela esa salió corriendo subiéndose las panties y hundiéndose en la vergüenza. Mi padre me miró con cara de odio y yo me di la vuelta, con la boca cerrada y nunca más la volví a abrir. Al menos, no para reproducir eso. Mi mamá fue feliz siempre al lado de su marido y yo no era nadie para andar echándole a perder la felicidad a mi mamá, que tanto se esforzó por nosotros. ¿Mala?. Nada de mala. Eso se llama morir con un secreto hasta la tumba.

El día del funeral de mi madrecita santa, le pedí perdón arrodillada frente a su ataúd, por no contarle que mi padre era un sinvergüenza, pero me sentí contenta. Mi mamita nunca supo que el desgraciado de mi padre era un donjuan. Hoy ya no es importante. Mi madre desde el cielo debe estar sonriendo, porque yo aprendí a ser fiel y callar lo que no debo contar. Al menos, cuando una relación es importante, así como la que yo tengo con esta familia. Por eso no más lo hago, porque han hecho tanto por mí y los niños me quieren como si fuera su mamá y yo quiero que sean felices no más.

Hoy va a quedar la grande. Va a venir el pololo de la Paulita y yo voy a tener que hacerme la sorda, porque don Andrés ya dijo que no iba a seguir aguantando a ese chiquillo en esta casa. Yo no entiendo a Don Andrés, si ese cabro es tan buena persona. Es esforzado y guapo. Anda siempre limpio y ordenadito, pero dice que eso no basta, porque no tendrá como darle un buen vivir a la Paulita. Y mi niña dice que no es un "tema", porque ella está estudiando y será una mujer independiente, pero Don Andrés no entiende de esas cosas.

Para el cumpleaños de mi niña, el joven le trajo una cajita. Era bien bonita. Estaba forrada en un papelito a cuadrillé y tenía una tarjetita que decía "Para mi Paulita". Cuando Don Andrés vio esas palabras escritas, casi estalla como un volcán de esos que echan lava allá en el sur y yo me vine corriendo a la cocina, a prepararle una agüita de tilo a la niña, que se puso a llorar como María Magdalena, porque Don Andrés le dijo al joven que cómo se le ocurría regalarle "esas cosas tan de poco pelo" a su hija que era una reina. Y a mi me dio pena, porque era una cajita musical, donde al abrirla salía una bailarina que giraba al sonido de una música clásica. Ahí quedó tirada la cajita. Yo la recojí y trate de pegarla, pero nunca pude hallar la cabecita de la bailarina. Así que ahora gira a medias, con el cuellito peladito sobre su eje.

Me dio mucha rabia la actitud de Don Andrés. El pololo de la Paulita se gastó todos sus ahorros en ese regalo y él se daba el lujo de tratarlo así. Pobre joven, pensé. Y pobre Don Andrés, que sólo tiene plata y nada de alma. Si existiera un banco de sentimientos, yo misma iría a depositar un poquito de empatía, comprensión y aceptación para mi patrón, que es tan insensible.

Cuando me puse a arreglar a la bailarina de la cajita, Don Andrés me soprendió en mi pieza concentrada. Yo trataba de juntar la tapa con el espejito, que hacía de piso para la muchachita que bailaba y Don Andrés pegó un grito que me dejó sorda. Me hice la tonta, pero fue en vano, porque del susto se me soltó la cajita y mi patrón se enfureció, porque según yo estaba apoyando a ese "cabro de porquería, que no le hace ni un bien a la Paulita". Yo esa vez no me quedé callada y le dije que no era así, pero el me dijo que no le discutiera. "No te pongas subversiva Marta", me dijo y yo me di media vuelta y le dije que tenía que lavar la loza del desayuno.

Escondí la cajita y me fui a la cocina. Aún ando buscando la cabecita de la bailarina, para entregársela de sopresa a la Paulita, cuando logre arreglarla. No le diré nada, hasta que esté terminada.


Por BZ