martes, 9 de junio de 2009

El pianista inocente


El lunes amaneció nublado en la región Metropolitana. El frío cordillerano se convertía en escarcha en las afueras de las casas de Las Condes, decían los matinales. En Colina, el suplementero ya estaba instalado en su kiosko de la esquina y los transeúntes iniciaban una nueva jornada. Matías se puso una bufanda gruesa, que le regaló su hermana para su santo, cuando lo fue a visitar. Cerró hasta el último botón del viejo chaquetón azul marino, porque no aguantaba el frío. Se subió al auto pensando en que no tenía esa intensa sensación desde hacía 10 años. Lloró en silencio.

Dejó su bolso negro de cuero sobre sus piernas y miró como avanzaban uno a uno los postes, las casas, las personas, las micros. La vida. Todo avanzaba a través de un vidrio. Las últimas horas nunca supo como pasaron. Los disparos, la sangre, la ambulancia, el hospital, los curiosos y el silencio, no le pidieron permiso a nadie y llegaron.

A la casa de Manuel ingresó un poco atrasado, porque se entretuvo después de la oficina con unos malabaristas, justo en la esquina de José Miguel de la Barra, a pasos de su oficina en calle Rosal, en pleno Santiago Centro. Los quedó mirando y pensó en las distintas y sacrificadas formas que tienen las personas, para ganarse la vida. Se sintió contento. Su vida como arquitecto no era perfecta, pero al menos le permitía darse ciertos lujos, que quizás muchos no tendrían.

Pasó al supermercado y deambuló entre los pasillos como no sabiendo qué comprar. Por primera vez eligió el vino sin mirar, ni si quiera la viña de procedencia le importó en ese momento. Tampoco estaba seguro de que quería un merlot. Simplemente, lo tomó y lo compró. En el asiento trasero del auto quedaron el carpacho de salmón y las ostras. La discusión con Andrés al teléfono, minutos antes, lo había desconcertado. No se sentía culpable, pero sabía que su amigo tendría más razones que él para defender a Alejandra. Andrés y Alejandra estaban casados hacía cuatro años y aunque Matías era amigo de ella, desde la universidad, la desconfianza de su amigo lo ponía en entredicho y eso era algo que no sabía soportar.

Habían estado jugando a las cartas esa misma semana. Matías no quería recordar si era el lunes o el martes, pero se quedó hasta tarde, porque fue una de esas veladas entre amigos, donde estaban todos los que habían logrado traspasar la ligazón de los cuadernos y las jornadas de seis largos años de estudio, a una sólida y añosa amistad. Estaba el guatón González, que siempre miraba para atrás en las pruebas; la matea del curso y la más mina a la vez, Yessenia, "la de nombre de bailarina"; Luis Costa, Miguel Fox, Pepe Trapp y Raúl Gamboa. José Ignacio Carmona se había excusado de estar, porque su hija menor tenía "una fiebre que no quería bajar con nada". En suma, la promoción de arquitectos se reunía como cada mes, a repasar las razones de una amistad que los mantenía a todos, hasta ahora, felices.

Cuando ya las botellas dejaban ver hacia el otro lado, Andrés se ofreció para ir a comprar algo más y el guatón González, Luis Costa y Miguel Fox se ofrecieron para acompañarlo. Matías se quedó hablando por celular con Martina, su novia, que estaba en Lima y a quien no veía hacía una par de semanas. Le dio las buenas noches y le dijo que no se preocupara, que hasta más de las tres de la madrugada no iba a estar, porque al día siguiente le esperaban muchas cosas. Frase que más tarde le quedó dando vueltas y luego dejó pasar.

En la cocina, Alejandra preparaba más panes de ajo junto a Yessenia, mientras Pepe Trapp y Raúl Gamboa trataban de afinar un viejo piano, que se negaba a entonar las canciones de la época. Esa época en que se escapaban por el fin de semana a Algarrobo y regresaban cantando, con la intención de volver. Los panes de ajo estaban listos y el piano comenzó a sonar como nunca antes Alejandra lo había oído. Eran acordes de una canción clásica. El champán no la dejó recordar si era Beetohoven, Chopan o Brahms. Para ella, todo sonaba igual. Esa música la hacía volar y en ese minuto sus pies dejaban de tocar el suelo. Miró las manos armónicas, blancas y de dedos largos, con venas grandes y gruesas que se movían sobre las 88 teclas y parecían danzar sobre el viejo piano. Su piano. El que su padre le regaló cuando recién aprendía a guardar historias de amor en su diario de vida.

El ambiente en el departamento de los Gómez-Solar se llenó de paz. Todos comenzaron a mirar a Matías, que daba esta serenata en piano improvisada y el silencio se hacía cómplice con el placer de escuchar perfectas melodías. Alejandra servía más vino a Yessenia, que abrazaba a Pepe Trapp y a Raúl Gamboa le ofreció un quince años que tenía para ocasiones especiales con Andrés.

Todos bebían y Matías demostraba sus mejores dotes y todo lo aprendido durante los más de diez años de estudio, en el Conservatorio de Música de la Universidad Católica. Yessenia y Pepe Trapp se sacaron los zapatos y comenzaron a bailar. Ninguno reparó en los simples pasos de vals de los ex compañeros que alguna vez, incluso, se llegaron a distanciar. Raúl Gamboa se sintió algo borracho y se fue a la pieza de invitados, donde se arrojó en la cama y no despertó más. Alejandra se sentó al borde del piano, cual artista de cabaret a su cantante. Y Matías la miró fijamente y ninguno pronunció palabra. La música los envolvió en un silencio de sombras y luces, en una nube de armonía casi angelical. Alejandra veía caer desde el techo pequeños arlequines sonrientes, que la invitaban a bailar. Matías sentía en su pecho una fuerte emoción.

Los danzantes Yessenia y Pepe Trapp seguían perdidos en su arrítmico paso y el alcohol y la música los había hecho delirar. Rieron de recuerdos de universidad. Se abrazaban, volvían a bailar. Matías tocó algo así como una polca y los bailarines intentaban seguir el ritmo, sin lograrlo. Trastabillaron y cayeron el uno sobre el otro y se dejaron estar. Yessenia sintió el corazón palpitante de Trapp y selló sus labios con los de él, en un beso que los mantuvo aislados y excitados sobre una alfombra persa.

Alejandra envolvió con su pañuelo el cuello de Matías y la música dejó de sonar. Matías inclinó su cabeza, por la nuca, hacia atrás y vio en la mirada perdida de Alejandra el amor de los primeros años de universidad. Ese amor que duró hasta que apareció Andrés Gómez y arrebató su presencia del corazón, de la estudiante más hermosa de la facultad de arquitectura.

Matías dejó el piano y vio como sus amigos rodaban aún por la alfombra. Tomó a Alejandra por las piernas y en andas la llevó hasta el mesón de la cocina. Allí, en medio del aceite y el pan de ajo, la dejó suavemente caer, para posarse encima de ella. Se besaron y sintieron sus cuerpos explotar. En la mente de Alejandra los acordes del piano repicaban con aún más fuerza, mezclándose con el alcohol que ya se le había ido a la cabeza. Se abrazaron mucho rato y mucho rato hicieron el amor. Como niños que al fin pueden jugar con eso que alguna vez les prohibieron. Alejandra se sintió más mujer que con Andrés y Matías no temió reconocer que ella era el amor que siempre había esperado. Sus cuerpos forcejeban chocando con todo a su alrededor. Se pusieron de pie y arrancaron sus ropas con total salvajismo. Matías puso su mano en la boca de Alejandra, para no dejar escapar ni un solo ruido de sus orgasmos. Ella mordió su cuello, hasta hacerlo sangrar. Sería la marca indeleble, de una noche de música, alcohol y placer.

Cuando Alejandra descansaba en los brazos de Matías en el suelo de la cocina, la puerta se abrió trayendo un ruido de botellas y canciones, que Andrés cantaba con el guatón González, Luis Costa y Miguel Fox. Ninguno podía creer lo que veían: desnudos Matías y Alejandra estaban ahí, dormidos, desnudos. Andrés sintió ganas de vomitar y tomó un botella y la lanzó contra Matías, con tan mala puntería que dio en el rostro de Alejandra y la cocina se llenó de sangre. Matías despertó y aún desnudo se sintió el peor de los amigos y el más condenando delincuente. Ladrón de un amor que alguna vez quiso recuperar. Forcejeó con Alejandro, quien en ese momento sacó de un cajón una pistola y rodaron por el suelo. Un disparo terminó con la pelea.

Luis Costa, el guatón González y Miguel Fox llevaban a Alejandra, quien con la cara destrozada parecía llorar, a otra habitación. Y un largo silencio volvió a inundarlo todo. Sonaron las sirenas de carabineros.Se oyeron disparos afuera. Una ambulancia y la voz de un fiscal.

Andrés Gómez murió camino al hospital. Alejandra no resistió la hemorragia y los ex compañeros se retiraron del lugar, luego de prestar declaraciones. Las botellas vacías y el piano a medio cerrar fueron testigos del término de una jornada negra. Trágica y para olvidar.

Matías fue detenido y llevado al penal Colina 1. Donde compartió celda con reos comunes y asesinos de gran nivel. No hubo miramientos, para un joven que ni siquiera accionó el gatillo, pero de quien fueron encontradas las huellas en el arma asesina. Pasó largos años tras las rejas, por un crimen que no cometió.

En el forcejeo con Andrés el arma se disparó. Diez años es mucho tiempo para una investigación y Matías aún espera encontrar a Alejandra, de quien no supo nada más. Nadie le informó lo que pasó, pues fue un proceso rápido y a la cárcel llegó sólo con su bolso de cuero negro y el recuerdo de sus amigos que no aparecieron más.

Su madre le envió comida y lo visitó cada semana. Sus hermanas lo mantuvieron informado de lo que pasaba en Chile y él sólo pedía libertad. Un abogado amigo de su tío Nicolás logró revocar la sentencia de cadena perpetua y con una década más, dejó atrás el penal.

Se subió al auto en silencio. Uno a uno los postes, las casas, las micros se ven a través del vidrio. Aún hace frío en la capital. Matías se desanuda la bufanda y una cicatriz de una mordida aún permanece en su cuello. Deja el bolso en el suelo. En el auto que lo fue a buscar hay un diario, que en su obituario trae un recordatorio de la familia, por los diez años de la muerte de Alejandra Solar. Matías siente que un escalofrío lo paraliza. Desabrocha su viejo chaquetón azul. Mira por la ventana su regreso a la vida. Una nueva vida que desconoce y donde sin Alejandra, para él no existe nadie más. No tenía esa sensación desde hace 10 años. Recuerda la noche de piano, amigos y alcohol. La música vuelve a sus oídos, como la más triste de las melodías.
Una lágrima llega hasta su boca.

Por BZ