
Volví a encontrarme con Clarita. Debo reconocer que la echaba de menos. Me hace bien volver a verla. Escucharla. Olerla. Sí, olerla. Usa un perfume que estoy seguro tiene algo, que te hace quedarte pegado a ella. Debe ser algo así como ¿naranja?, ¿bergamota?, ¿anís?. No sé, no tengo idea. Sólo sé que ella lo sabe y le encanta. Y a mi también me encanta que le encante, porque eso la hace especial. Muy especial.
Nos encontramos en el pasillo, donde solíamos contarnos las historias más secretas y personales de nuestros fines de semana. Clarita venía con cara de cabra chica que hace maldades y una sonrisa de oreja a oreja. Yo la conozco bien. Sé perfectamente cuando anda feliz y cuando anda triste. Esta vez andaba eufórica. Y claro, la razón nuevamente era un hombre. Uno que, seguramente, conoció cuando menos se lo esperaba y que la dejó así de feliz.
Me dijo que fue en una fiesta, a la que llegó con su amiga Francisca de puro aburrida, que esa noche no tenía planes. Era justo el momento en que prometió estar más atenta, menos lenta y más contenta. Y dijo que le resultó y de sobra.
Yo la miraba embobado. Escuchaba atento la descripción del nuevo personaje, que tiene a mi amiga pensando que esta vez cupido sí la va a flechar bien flechada y que al fin después de tantos años de soledad volverá a tener a alguien a quien decirle que lo ama, aunque no me atrevería a decir que será así. Clarita siempre se queda ilusionada y después tengo que tener mucha paciencia, para esperar que se le pase la pena, que algún niño tonto y desconsiderado le hace sentir.
A este niño no lo buscó, ni lo miró, ni nada. Dice que ella estaba conversando con su amigo Miguel, a quien encontró por casualidad en la fiesta, cuando de repente apareció. Clarita se reía y coqueta me decía que se sintió observada, pero esta vez de una manera diferente. Mi amiga dijo que notó que cada vez que decía algo el niño la miraba y dejaba caer sus ojos en la polera negra que andaba usando esa noche.
Yo miro a Clarita y me emociono y me ilusiono y sonrío igual que ella. Me parece que estuviera pasando todo lo que me cuenta, justo frente a mis ojos. Dijo que el niño, que se llama Darío, es un niño amable, de linda sonrisa y "pestañas increíbles". Yo creo que a Clarita le gustó, porque cuando usa esa frase es como si estuviera describiendo a alguien que tiene precisamente todo lo que le gusta. Y así no más es. Yo sé que mi amiga se hace la tonta, pero anda como contenta. Y eso que me dijo que tiene miedo, que le da lata y un montón de otras tonteras más. Yo no sé que pretende esta vez. Yo sigo aquí para escucharla y contar sus historias, pero ella parece que tuviera ganas de muchas más cosas y los dos sabemos que no depende sólo de ella.
No entró en detalles, pero me di cuenta altiro que Clarita se la jugó por ser una nueva Clarita. No "tan" preocupada, no "tan" detallista y más centrada en sí misma. Yo me di cuenta, porque ponía voz de indiferencia cada vez que señalaba los puntos de aproximación con el niño: si no era una opinión, eran las ganas de tomar bebida; que Clarita según me dijo, le daba cada ciertos ratos, como para crear atmósfera o complicidad, que en ella es lo mismo, porque cuando mi amiga quiere hacer sentir bien a alguien se la juega por completo. Y yo sé que es así. Hasta me la imagino.
Siempre me quedo pensando en todas estas cosas que me cuenta Clarita. En las ideas que se le ocurren, cuando nos reímos -cómplices- fumándonos un pucho en la mitad del pasillo, como si nadie más estuviera ahí. Nunca sé muy bien con lo que me va a salir, pero esta vez siento que es la típica vez que a Clarita le gusta alguien así como de verdad. Y sé que es así, porque a mi no me hace tonto. Nada de que "en verdad no espero nada, ni estoy pensando en nada". La cara que pone (como si hubiera comido manjar o chocolate) la delata a kilómetros, pero yo no le digo nada, para que me siga contando.
Sé que tengo que estar atento, porque ya han pasado dos días de su encuentro y anda toda nerviosa. Mira el teléfono como si tuviera una relación con él. Como si fuera alguien importante. Lo toca, lo mima y hasta le habla. Y yo me doy cuenta que no suena y que Clarita quisiera marcar el número de ese niño que conoció sin querer, pero al no hacerlo me demuestra que esta vez está más grande (según ella) y que no va a empezar a creer que pasan cosas, cuando en verdad el teléfono pareciera haber enmudecido y mi amiga simplemente creído una historia que duró una noche. Como muchas más en la vida de mi querida amiga.
Es extraño el mundo de las personas solas. Quizás sea verdad, eso que leí por ahí de procurar que la pena se muera de risa.