La persona que te vino a ver parece que trabaja en una organización religiosa. Debo haberla invocado con mis recuerdos de la iglesia de Concepción. La mujer vestía un traje gris, con una falda que parecía de rock and roll de los sesenta y tenía colgada una cruz en el pecho. Dijo buenas tardes en un tono neutroy te to mó de las manos, mientras repetía un padre nuestro. Sentí que debía unirme, por lo que me puse a rezar con ella, pensando como me enseñaron en la capilla San José, que cuando dos o más se reúnen en nombre de Dios el poder de la oración se hace más fuerte. Y estuvimos así, con los ojos cerrados por largo rato.
Yo hablé para mí, en silencio. Dije que ya estaba bueno de clínicas, exámenes, visitas, silencios, ejercicios, sondas, alimentación especial, actitud de espera y resignación. Le dije a Dios que nos echara una "ayudadita", más fuerte de lo normal, para que nos pudiéramos ir pronto. No sé si me escuchó, pero yo juraría que moviste un dedo.
Cuando la persona se fue volví a sentarme en el sillón y pensé en las tantas horas que hemos pasado aquí. En cómo, de un segundo a otro, todo se puede trastocar de tal forma que ya nada sea ni siquiera parecido a como fue y en lo mucho que hay reflexionar acerca del por qué de las cosas. Si venía a 120 kilómetros por hora en la vida, te puedo asegurar que los días contigo ahí, en esa inmensa habitación, fueron un freno de mano y una parada en seco que nunca en la vida voy a olvidar.
Yo hablé para mí, en silencio. Dije que ya estaba bueno de clínicas, exámenes, visitas, silencios, ejercicios, sondas, alimentación especial, actitud de espera y resignación. Le dije a Dios que nos echara una "ayudadita", más fuerte de lo normal, para que nos pudiéramos ir pronto. No sé si me escuchó, pero yo juraría que moviste un dedo.
Cuando la persona se fue volví a sentarme en el sillón y pensé en las tantas horas que hemos pasado aquí. En cómo, de un segundo a otro, todo se puede trastocar de tal forma que ya nada sea ni siquiera parecido a como fue y en lo mucho que hay reflexionar acerca del por qué de las cosas. Si venía a 120 kilómetros por hora en la vida, te puedo asegurar que los días contigo ahí, en esa inmensa habitación, fueron un freno de mano y una parada en seco que nunca en la vida voy a olvidar.
Traté de no inundarme de cosas negativas y te empecé a contar que ese año, 1985, yo había sido un niño más feliz que otros, porque no podía creer que hubieran sacado mi carta, de entre medio de miles, provenientes de todo Chile y que me hubieran asignado a mi la “bici” que estaba tan de moda.
La carta la hicimos con mi hermana. Era de cartulina, que nos había sobrado de un trabajo del colegio y la recortamos con forma de volantín. Le puse mi nombre bien grande y la llevamos al correo. Me olvidé durante varios días de que estaba participando en “Cachureos”, el programa que entretenía nuestros domingos al mediodía, durante la década de los ochenta.
Cuando uno es niño no piensa en nada más que los actos concretos. Yo no sabía de procesos, situaciones o elementos confluyentes para que algo ocurriera. Yo sabía que mi carta tenía que ser elegida y que me ganaría una bicicleta y sería la envidia de todos mis amigos, porque además se oiría en televisión que la “ultra moderna” Oxford era de un niño que escribía de Punta Arenas. Y así fue.
Un día de octubre, casi más de un mes después, o tal vez más, desde que dijeron que el ganador era yo, me lo pasé preguntando a cada rato por teléfono, a la oficina de correos, si había llegado “una bicicleta desde Santiago, que me había ganado en mi programa favorito”. Como siempre, la persona que atendía el teléfono terminó por reconocerme y decir: “ah, sí, el niño que se ganó la bicicleta en “Cachureos”, no aún no ha llegado. Yo me quedaba muy triste, porque pensaba que era mentira.
Hasta que un día el cartero, sí, el señor que siempre llevó la correspondencia a mi casa y tú le dabas 100 pesos, dijo que esperara, que esta vez traía una “carta” grande, así que ven ayúdame. Salí hasta el jardín y la camioneta de Correos de Chile tenía abierta las puertas traseras. Ahí, nos entregó a mi hermano y a mí dos enormes bultos de cartón corrugado, que pesaban un poco más que yo en esos años. No entendía muy bien cómo una bicicleta cabía dentro de dos bultos, pero no cuestioné nada y me puse a romper el envoltorio hasta que apareció un pedazo metálico, un manubrio recubierto y unas ruedas. Yo estaba en éxtasis.
Venía además una carta que abrí en menos de dos segundos y decía: “Felicitaciones, eres un ganador de “Cachureos”. Y más abajo, con algo así como tinta el nombre de Marcelo, el animador, con la fecha y el año. Me puse serio y te comenté que Marcelo no era tan cariñoso como en la tele y que me parecía súper raro que no dijera nada más. No sé, vivimos tan lejos poh mamá, cómo no va a decir "gracias por escribir de un lugar tan apartado", o "que pase el frío y puedas hacer deporte o qué se yo”. Claro, tú, siempre tan linda, no quisiste decirme nada y yo estaba tan emocionado, que de tanto apretar la carta la tinta del nombre se chorreó un poco y me manché las manos. No podías romper la ilusión y contarme que yo era “uno más” los niños que en todo Chile eran saludados por el “archiconocido” animador. Pamplinas. La magia de la televisión, lentamente se iba deshaciendo.
Con mi hermano armamos la bicicleta en un dos por tres y como era costumbre nos pusimos a pelear por quién subiría primero para ir a dar una vuelta a la manzana. Él alegaba que me había ayudado a armarla y yo que era el dueño por haber mandado la carta. En un acto que sólo hoy entendí, nos dijiste que no peleáramos, que la bici era de los dos y que yo no debía ser egoísta, pero para mí la bici era mía. Mi hermano se sentía dueño, porque astutamente logró abrir, cerrar, destornillar y atornillar unos pernos que a mi me costó varios minutos poner en su lugar. Al final no fue problema. Dejé que mi hermano fuera a dar una vuelta, luego de ganarme el cachipún. Cuando fue mi turno de usarla, noté que me quedaba un poco grande. Mi hermano se las había ingeniado para que yo usara su bicicleta y él la nueva joyita que sólo yo tenía.
No logro hacerte reír, pero el doctor dijo que mis diálogos te mantienen atenta. No es fácil hablarle a alguien a quien sólo se oye respirar, pero te dije que no quiero pasar mucho tiempo acá, por lo que no sirve de nada alegar. Mis historias van siendo cada vez menos y te miro como esperando que te levantes y me digas “ya, córtala con tus historias”, o alguna cosa así, pero nada. Duermes que da envidia.
Un kinesiólogo está mirándote por la ventanilla de la habitación. Baja la vista y presumo que compara tu nombre con el de la ficha que trae en sus manos. Entra con curiosidad y me mira como no entendiendo qué hago al lado de tu cama y le explico que estás en coma y que no me moveré de ahí hasta que despiertes. Se ríe compasivamente y me explica que debe tomarte en brazos para ver la postura de tu cuerpo. Me da a elegir si espero afuera o me quedo. De aquí no me mueve nadie, pensé.
Tus manos están pesadas como bolsas de agua y el kine dijo que tu cuerpo no será movido “hasta que despierte”. Ya estaba pensando como iba a hacer para mover a alguien que no respondía. Terminó de escribir unas cosas y se fue.
A esta habitación entra más gente que a un banco y me parece que la circulación de energías es altísima. Me he puesto hasta místico en mi afán de encontrar la forma de hacerte despertar.
Mi papá viene entrando. Me comenta que faltan pocos días para navidad y que si quiero me voy un rato a descansar, porque él quiere quedarse. Por ningún motivo, le digo, aquí estamos los dos para apoyarte y no me parece divertido estar lejos en momentos cruciales como éste, donde no sabemos cuándo se te ocurrirá despertar.
La vida en las clínicas son momentos absolutamente inesperados. Nunca imaginé todas las cosas que pasan, ni la cantidad de personas que están internadas esperando lograr mejoría. Es un mundo lleno de cosas tristes, por lo general. Ni maternidad se salva de las penas, porque en el pasillo vi a una familia muy afectada, tras la muerte de su hijo recién nacido.
Empiezo a cuestionarme muchas cosas. Recuerdo otras. Tomo tu agenda, que dejé dentro de un mueble, cerca de tu cama, por si cuando despiertes te dan ganas de seguir escribiendo tus cosas. Olvidé comentarte, que como ha pasado más de un mes, supuse que no querías quedarte sin saber y escribí cada día las cosas que han pasado hasta ahora. A modo de diario de vida, para que no andes despistada después.
El día número uno de tu agenda, cuando entraste a la clínica, tiene sólo una frase que dice: ingresas a la unidad de cuidados intensivos. No quise poner nada más, porque ya sabes que me gusta escribir y no alcanzaba el espacio. Además, decidí en ese momento que las cosas medio tristes las resumiría, para centrarme sólo en las más alegres. De hecho, el movimiento de tu dedo hace unas semanas lo registré como: “moviste un dedo (parece)”. ¿Cómo no vas a ponerle un poquito de empeño extra y mueves la mano?. Pienso.
Cierro tu agenda y decido bajar a fumar. De la máquina de bebidas saco una coca cola normal (no sé cuándo me empezaría a gustar más la light) y me siento en un escaño que está justo debajo de tu pieza. Miro hacia arriba y sólo veo la luz de tu habitación y otra más. Me fijo en tu ventana y te dejaron con el respaldo de la cama tan alto, que logro ver tu cara dormida. Y me da mucha pena, porque los días pasan muy rápido y ya es mucho (demasiado) el tiempo que no hablamos. Doy una calada al cigarro y la noche parece haber llegado sin avisar. La luna está por la mitad y un puñado de estrellas iluminan este diciembre que está empezando.
No sé si tengo pena o rabia. Sólo siento que improviso, tal vez soy como un personaje preparado para este momento y decido no cuestionar nada, porque a los hechos consumados sólo queda enfrentarlos. Nadie pensó que te iba a pasar esto y nadie me avisó cómo debía estar para cuando estuviéramos aquí. Ahora que estoy, un poco solo y con frío, te miro desde abajo y te pido que despiertes. Aunque sea para que conversemos un rato. Sé que no me oyes, pero insisto en creer que sí.
No logro hacerte reír, pero el doctor dijo que mis diálogos te mantienen atenta. No es fácil hablarle a alguien a quien sólo se oye respirar, pero te dije que no quiero pasar mucho tiempo acá, por lo que no sirve de nada alegar. Mis historias van siendo cada vez menos y te miro como esperando que te levantes y me digas “ya, córtala con tus historias”, o alguna cosa así, pero nada. Duermes que da envidia.
Un kinesiólogo está mirándote por la ventanilla de la habitación. Baja la vista y presumo que compara tu nombre con el de la ficha que trae en sus manos. Entra con curiosidad y me mira como no entendiendo qué hago al lado de tu cama y le explico que estás en coma y que no me moveré de ahí hasta que despiertes. Se ríe compasivamente y me explica que debe tomarte en brazos para ver la postura de tu cuerpo. Me da a elegir si espero afuera o me quedo. De aquí no me mueve nadie, pensé.
Tus manos están pesadas como bolsas de agua y el kine dijo que tu cuerpo no será movido “hasta que despierte”. Ya estaba pensando como iba a hacer para mover a alguien que no respondía. Terminó de escribir unas cosas y se fue.
A esta habitación entra más gente que a un banco y me parece que la circulación de energías es altísima. Me he puesto hasta místico en mi afán de encontrar la forma de hacerte despertar.
Mi papá viene entrando. Me comenta que faltan pocos días para navidad y que si quiero me voy un rato a descansar, porque él quiere quedarse. Por ningún motivo, le digo, aquí estamos los dos para apoyarte y no me parece divertido estar lejos en momentos cruciales como éste, donde no sabemos cuándo se te ocurrirá despertar.
La vida en las clínicas son momentos absolutamente inesperados. Nunca imaginé todas las cosas que pasan, ni la cantidad de personas que están internadas esperando lograr mejoría. Es un mundo lleno de cosas tristes, por lo general. Ni maternidad se salva de las penas, porque en el pasillo vi a una familia muy afectada, tras la muerte de su hijo recién nacido.
Empiezo a cuestionarme muchas cosas. Recuerdo otras. Tomo tu agenda, que dejé dentro de un mueble, cerca de tu cama, por si cuando despiertes te dan ganas de seguir escribiendo tus cosas. Olvidé comentarte, que como ha pasado más de un mes, supuse que no querías quedarte sin saber y escribí cada día las cosas que han pasado hasta ahora. A modo de diario de vida, para que no andes despistada después.
El día número uno de tu agenda, cuando entraste a la clínica, tiene sólo una frase que dice: ingresas a la unidad de cuidados intensivos. No quise poner nada más, porque ya sabes que me gusta escribir y no alcanzaba el espacio. Además, decidí en ese momento que las cosas medio tristes las resumiría, para centrarme sólo en las más alegres. De hecho, el movimiento de tu dedo hace unas semanas lo registré como: “moviste un dedo (parece)”. ¿Cómo no vas a ponerle un poquito de empeño extra y mueves la mano?. Pienso.
Cierro tu agenda y decido bajar a fumar. De la máquina de bebidas saco una coca cola normal (no sé cuándo me empezaría a gustar más la light) y me siento en un escaño que está justo debajo de tu pieza. Miro hacia arriba y sólo veo la luz de tu habitación y otra más. Me fijo en tu ventana y te dejaron con el respaldo de la cama tan alto, que logro ver tu cara dormida. Y me da mucha pena, porque los días pasan muy rápido y ya es mucho (demasiado) el tiempo que no hablamos. Doy una calada al cigarro y la noche parece haber llegado sin avisar. La luna está por la mitad y un puñado de estrellas iluminan este diciembre que está empezando.
No sé si tengo pena o rabia. Sólo siento que improviso, tal vez soy como un personaje preparado para este momento y decido no cuestionar nada, porque a los hechos consumados sólo queda enfrentarlos. Nadie pensó que te iba a pasar esto y nadie me avisó cómo debía estar para cuando estuviéramos aquí. Ahora que estoy, un poco solo y con frío, te miro desde abajo y te pido que despiertes. Aunque sea para que conversemos un rato. Sé que no me oyes, pero insisto en creer que sí.
Vuelvo a tomar el ascensor y respiro profundo. Quiero entregarte energías. Aún falta tiempo para que las cosas cambien.
Por BZ
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