viernes, 29 de mayo de 2009

Tres años


No sigas mirandome así, porque no voy a responder si te tomo de los brazos y te como a besos y después te suelto y te dejo caer como una hoja que no sirve. Tampoco te acerques tanto, como buscando mi aroma para guardalo contigo, porque ya no huelo a nada. O al menos, no quiero oler para ti. Ni menos me digas que estás feliz, porque no te creo nada. Nada de nada.


Estoy enojado, molesto y la manzana verde que muerdo con rabia, mientras me miras "haciéndote las uñas", tiene sabor amargo. Te portaste como una bataclana anoche y ahora tienes el descaro de decir que no fue tu culpa, que el coqueteo con el flacuchento de ojos claros fue "socializar", que los tequilas margarita te "ponen así" y que en verdad tu eres una "santa", que sólo se convierte en "diabla" cuando baila. No me vengas con esas, a mí no, bonita. A mi no.

Tengo la cara, no las ganas de ser el huevón que tú crees que soy.

Tu sonrisa de caricatura dominguera me tiene harto. Esa desfachatez con la que actúas como puta y lo cara de raja que eres para hacerte la tonta, ya no tienen límite. Vienes y me abrazas y me miras con cara de "yo no hice nada" y sabes que por dentro te morías de ganas de que el flacuchento te sacara de esa fiesta, donde todas tus amigas se portaron aún más putas que tú y se fueron a todo lo que da por la costanera norte, toqueteándose como quinceañeros, mientras yo como santo huevón le preguntaba a todo el mundo si habían visto a mi "polola".

¡Polola!, ¡qué polola! si lo que eres es una puta.Te olvidaste de mí y de nuestra relación. Eres ahora una verdadera dueña de la noche y de todas las noches. La que se viste de fiesta y se produce como si fuera la gran actriz que va a salir a escena.

Esos calzones tipo pantaletas y ese vestido ceñido como la piel de una serpiente (ojo, que como tal tienes la lengua, ten cuidado si te muerdes, porque seguro te envenenas, "bonita"); ese color rojo en la boca que hace ver aún más grandes tus gruesos y carnosos labios, todas esas cosas te convierten en mi (ahora) "puta favorita". Y ese pelo, tu pelo, que era mi pelo, que ahora es el pelo de todas esas manos que te rozaron en la fiesta de anoche. ¿Estás convertida en una cualquiera lo sabías?. ¿Te alcanzaste a dar cuenta?. ¿O me vas decir que también es culpa del tequila margarita?. ¿Te enojarías si te pregunto "cuánto" por una noche?. ¿Será muy descarado o es lo mínimo que te mereces por ser tan arrogante, tan olvidadiza y tan inconsecuente?. ¿Será mucho recordarte que dijiste que me admiradas, justo después de decir "te amo". ¿Era mentira, verdad?. Sí, claro. Y yo el tontorrón te creí, porque minas como tú no mienten. Jajajaja, claro, en las pelis que veíamos los sábados echados en mi cama, evitando el tedio de tener que discutir si íbamos a comer o a bailar.

La Manu me dijo que Octavio te había visto detrás de la terracita, esa misma que cuando cumplimos 2 años y medio usaste de escenario para pedirme que me quedara contigo para siempre, y ahora te sacas los calzones y bailas arriba de la mesa como una loca, enferma de borracha gritando frases incoherentes de las que sólo se entendía "me va a matar, porque a éste, también me lo cagué", pero yo no le creí a la Manu, le dije que estaba loca, que tú, la María Franscisca, "mi Panchita", no hacías esas cosas, porque tú eres lo menos vistosa que hay.

Y ahí quedé como el santo huevón, porque la Manu se cagó de la risa y dijo que en verdad yo era el más ingenuo del grupo, por no haberme dado cuenta de que "eras como eras".

Tu amiga, Panchita, la Manu, la que te cubría la espaldas, tu amiga del alma. Sí, ella. Ella me lo contó todo. La que en el Cuzco me dijo que el tipo colorín cara de imbécil era un propasado y que tú te arrancaste, esa misma Manu me abrió los ojos como una botella de vino y el bop! se escuchó hasta en Australia. ¿Cómo pudiste engañarme de esa forma?. ¿Cómo pudiste ser tan canalla?.

A ratos, pienso que en verdad no tienes la culpa. Naciste así de bonita (o de rica como dicen en el grupo) y tus ojos enigmáticos y sonrientes -porque te ríes hasta con los ojos- son un don que tienes, pero que lamentablemente no sabes administrar. Tienes una imagen de ser una canchera y ganadora y me doy cuenta que te quedas sólo en eso, porque de mejorar, ni hablar. No quieres que nada varíe en tu mundo, menos en tu cabeza. Estabas conmigo -según tu propia confesión- porque soy el único huevón inteligente que "conecta" contigo. ¿Conexión?. ¿O interés Panchita?. Si no sabías ni hacer las cosas bien... No quiero pensar que son los demás, si tu eres tan espectacular. ¿Serán tan o más huevones que yo ante tus ojos?.

Panchita, mi Panchita. Te amo tanto, que hasta me duele decirlo, porque en verdad después de esto hasta te odio. Sí y aunque suene a despecho, me importa un rábano. Te pasaste para ser vaca conmigo, con la Manu y con todos. Porque si me lo hiciste a mí, seguro habrá otros. Y esos otros como yo, tarde se dieron cuenta de como eres realmente.

Te decía que no te culpo, porque tu personalidad es abrumadora. Desconcertante. Tu pelo es adorable y tus ojos una sonrisa permanente. Nunca vi a nadie sonreír al mirarme a los ojos, como haces tú, cada vez que te encuentras conmigo. Tienes una cosa mágica, enigmática y especial que llevas, yo creo, en la sangre y eso no se te va quitar. No, señor. No dejarás de ser como eres, porque te encanta ser como eres. Sólo aprovechas el rédito que algo te pueda otorgar, mientras uno como santo huevón se queda aquí quieriendote como el cabro huacho que nunca tuvo papá. Porque así mismo es la sensación. A ti no te importa nada y creo que hasta ni te das cuenta. Y eso es lo peor. Sigues caminando, vacía, hacia un punto sin rumbo.

Cuando la fiesta estaba en lo mejor, ya habían servido el cebiche y todos iban en el tercer o cuarto ron, tú decidiste ir al baño y me dijiste que estabas contenta de todo lo que nos estaba pasando. Y con esa frase en mi mente tomé una gyosa de pollo que estaba fría y desabrida. Mal augurio para el pololo de una mina como tú. Dos empanaditas y un vodka, para disimular, mientras todos me felicitaban por la fiesta-sopresa que te di para el cumpleaños. Yo también aprendí a socializar y me reí, porque la Piru mostraba las fotos de todos eufóricos en su celular. Y de ti no hubo ni rastro. Tomé mi vaso y me puse a caminar como si estuviera pasándolo bomba nuclear (como dice Pedro Piedra), pero no era así, la bomba me estalló en la cara, gracias a ti.

Puta. Eres una grandísima puta María Francisca López Gailartt. Eres una mujer de la noche que se disfraza de gran mujer y que no sabe que la vida es un poco más que light, pero no. Sigue fumándote ese cigarro, que es también como tú y toda tu vida. Light, como nunca imaginé que pudieras ser. Yo te seguiré escribiendo, mientras te revuelcas en nuestra cama, creyendo que aún no llego de la universidad y no he encontrado tu notebook abierto, con las fotos que te tomo tu amiga Pilar, pensando que jamás yo las iba a encontrar. ¿Cómo es la vida ah?. Si hasta se te olvidó que me regalaste para San Valentín la llave de tu departamento. Dime que te acuerdas, para no parecer tan huevón, ¿ya?.

Desde aquí escucho como gimes y seguro le haces crees a ese imbécil que disfrutas. Seguro, una más de tus tantas mentiras. Ah, una cosa. No te molestes, yo cierro lo puerta por fuera, no vaya a ser que pienses que puedo venir a verte, de sorpresa, con un ramo de flores blancas (como tanto te gustan) para decirte "bonita, felices tres años, te amo a rabiar", como estúpidamente hice, porque eso no pasa, ni va a pasar.

Si suena el timbre hazte la sorda. Seguro, ese papel te quedará muy bien. Ya que fuiste tan ciega para perderte a alguien que te amaba con su vida y que ahora camina en puntas de pies, entre medio de tus sostenes y la camiseta sin marca de él, para que puedas disfrutar de lo que tanto te gusta: que te digan que eres única.

Sólo pienso: gracias a Dios.

Por BZ

miércoles, 27 de mayo de 2009

El (mal) plan

En la bodega de despacho de insumos de la Constructora Crisac, hay un tipo que camina a paso rápido. Lleva bajo el brazo un par de carpetas, de donde sobresalen papeles, que contienen encargos, nuevos contratos, cartas de reclamo y mails que no quieren caer y en la mano derecha lleva su Iphone, la última adquisición, de buen chileno moderno y al día, que no quiere pasar inadvertido. Está algo ofuscado. La implementación de la nueva red informativa de personal, no está funcionando y sobre sus hombros lleva el peso de los reproches, que aún-intuye- no le ha tirado en la cara su jefe, Marcos Fernández. La noticia de que no será aprobado el plan, y la carpeta llena de papeles y temas que no quiere ver, lo tienen absorto.

Pasa revista a todos los paneles de información interna y entrega a los funcionarios los trípticos, que durante semanas estuvo elaborando, para mostrar las nuevas políticas de la empresa, en materia de elaboración y certificación de calidad y comunicaciones. No está contento. No logra disimularlo y llega al ascensor con más tedio que ganas. Volver a su escritorio es reencontrarse con el desgano y el cuchicheo de sus compañeras de trabajo. Las mismas que sonríen cada vez que algo falla. La mayor de ellas, su jefa, pareciera hacerlo a carcajadas, pero eso ocurre sólo en su mente. El hastío y el desgano le han hecho ver cosas en su mente, que no existen, pero que se mutiplican y lo alteran. El psicólogo, años atrás, ya había detectado su incipiente crisis de pánico.

Llegó a la empresa gracias al dato que le dio una amiga. Era un viernes por la mañana y salía airoso con la respuesta de que "su test psicológico fue aprobado y su curriculum está bastante bueno". Ese dato impulsó a este joven de un metro y setenta y tres centímetros de altura, 60 kilos de peso, pelo y ojos claros y una palidez casi enfermiza, a mantenerse en una empresa de la que sólo escuchó cosas de oídas y que hasta ahora le permitía sentirse, de alguna manera, realizado sólo profesionalmente.

Joaquin Trupán Latorre tiene 27 años, pero siente que más de 30 hubieran pasado por él. En su rostro las líneas de expresión y en sus ojos el brillo de una ilusión denotan ansiedad y decepción, espera y convicción. Si bien su trabajo lo llena, su corazón pide a gritos una pala de amor y un cargamento de emoción. Su trabajo lo consume y su cabeza no da para más. Bastante tiene soportando la mirada inquisidora de sus compañeros de trabajo, pero sobre todo de ellas, que lo miran con desconfianza y recelo, por ser el que siempre tiene una respuesta y quien logró cambiar arcaicas y rutinarias estrategias de trabajo en aquella centenaria empresa.

Frente a su computador ve que los meses pasan uno tras otro y siente como si no ocurriera nada especial, que le permita llenar el calendario con alguna actividad especial. Trupán está abatido, se siente disminuido. Su plan de comunicación no fue lo que esperaba y sabe que tendrá que dar la cara.

Llega a la oficina de Marcos Fernández sin intenciones de ser cortés, porque sabe que el sexagenario dueño de Crisac siempre gana y por más intentos de convencerlo, de que el problema no es el plan, sino la implementación del diseño, no logrará nada. Se sienta en un moderno sillón de cuero, que le produce una sensación de escalofríos y escucha atento los reclamos de su jefe. Trupán siente que está frente a un monstruo verde al que oye, pero no escucha y comienza a irse de ese lugar lentamente. Sin dejar de mirar, ni mover un sólo músculo de su pálida cara.

Abre la puerta y está frente a Felisa. Su novia, varios años menor que él, que lo mira con cariño, pero que oculta algo que Trupán sabe que no tardará en descubrir. La voz de su jefe sigue transmitiéndole palabras que no escucha y Felisa está instalada frente a él con su cara de niña. Trupán la abraza y siente que al menos alguien entiende su pena.

Hace calor en esa habitación, pero Trupán tiene escalofríos. Tiembla y su jefe no lo nota, mientras Felisa, en sus sueños sigue abrazándolo y entregándole una cuota de ese afecto que se perdió de un momento a otro hace algunos meses. Tenían una relación de ensueño, de esas que aparecen en las revistas de papel couché, en que los protagonistas cuentan que se sentían solos, pero de pronto se miraron y no se separaron nunca más. Así era la historia de Joaquín Trupan y Felisa Covacic, los compañeros de universidad que se enamoraron y eran la pareja perfecta para los demás.

"Falta creatividad, no se gastará más dinero y hay que buscar una solución", fueron tres frases que separaron a Trupán del abrazo de Felisa y lo trajeron de un zuácate a la realidad. Esa realidad que se perfilaba feliz y tranquila, soledad y despejada, pero que de un momento a otro se llenó de nubes sólo sobre su cabeza. Era tal el estado de evasión de Trupán, que el jefe seguía hablando y no lograba percatarse de su ausencia. Fue entonces que Trupán dejó de ver a Felisa y la vio partir, aislarse, esfumarse de su mente. "Lo siento Señor Fernández, buscaré la forma de arreglarlo", enfatizó y se puso de pie rumbo a su escritorio.

Salió muy tarde de la oficina y caminó por el centro de Santiago sin saber dónde ir. El sueño con Felisa en medio de la conversación con Fernández hizo a Trupán caer en un estado de indefensión y ostracismo ante el mundo, que sentía que ya no formaba parte de él. La luz roja del semáforo dio con todo en su cara y recordó la mirada triste de Felisa y la sensación de que algo le ocultaba volvió sobre él. No había tenido esa sensación desde la última vez en que encerrados en su casa habían discutido por la forma en que solían decirse las cosas. El ímpetu de Trupán y el apasionamiento de Felisa chocaban constantemente, por ganar una pelea tácita, no pactada, pero sí percibidad. Caminó por largas horas y sintió un vacío, de esos grandes, de esos que dejan las despedidas de personas muy queridas y que se disimulan apretando los dientes y elevando el mentón, como haciendo creer que no pasa nada. Trupán sabía poco de esas cosas. Las pensaba, pero no lograba apaciguar la impaciencia y el descontrol que sentía su cuerpo cuando una emoción lo invadía.

La mañana siguiente en la oficina no fue muy distinta. Trupán sabía que sería un duro trabajo volver a reconquistar la simpatía de Fernández, para presentarle un nuevo proyecto comunicacional. Las cosas no se veían fáciles y no tenía más cabeza para pensar, menos para elaborar algún plan. Decidió compartir el problema con algunos compañeros y organizó un grupo de discusión, por medio del cual, pensaba Trupán, podría obtener mejores y mayores resultados, que los ya desechados, luego de una rápida e improvisada reunión. Elaboró un nuevo informe, lo envió a la imprenta y pidió los 21 ejemplares que debería presentar al directorio.
La reunión con los ejecutivos se extendió por más de tres horas. Un email en su Iphone le avisó a Trupán que Felisa salía esa misma mañana a su nuevo trabajo. Era la cuarta vez que recibía el mismo mensaje, una mañana cualquiera y Trupán en su mente sólo le deseaba suerte.
Felisa Covacic no era precisamente una periodista ejemplar, pero al menos tenía la personalidad y la impronta de una mujer de carácter, de esas mal llamadas "de armas tomar", de las que cualquier cosa les parece algo fácil de resolver. Una mujer con más soluciones que problemas. Trupán la imaginó vestida de negro, un impecable traje de dos piezas negros, con seis botones y zapatos de ejecutiva, de los que tanto presumía, cada vez que trabajaba. El tiempo en casa, le había pasado la cuenta. Felisa adolecía de la actitud firme y las palabras "deséame suerte" acusaban su temor a ser laboralmente rechazada.
Trupán continuó con la exposición frente al directorio. Había logrado captar la atención del jefe de marketing y el asesor de estrategias comunicacionales, quienes apuntaban ideas y miraban con acusada atención, lo que entregó a Trupán cierta seguridad en su actuar, pocas veces experimentada. El nuevo plan de comunicaciones sería aprobado y Trupán entendería que no fue su error, sino uno más de las jugadas del azar hacia su trabajo. Los ejecutivos anunciaron la necesidad de nuevos responsables y nuevas áreas para establecer las políticas aprobadas. Trupán celebró en silencio. Su plan estaba, pese a esto último, completamente aprobado.
La reunión terminó sin contratiempos y Trupán se preparó un café que tomó con un cigarro en la otra mano. Miró a través del vidrio su reflejo y se vio más joven y más ágil que nunca. Algo cansado, pero contento. Un poco impaciente, pero con una sensación de ver al hombre que había demostrado con creces que su trabajo era lo más importante. Junto a su reflejo creyó ver a Felisa. Y la contempló por un momento. Comparó ambas imágenes en el vidrio y vislumbró un futuro junto a esa mujer que lo había acompañado en todo momento. Repasó diez años juntos en un solo momento. A su mente venían las risas y los abrazos que siempre Felisa le daba de sopresa. Vio como su figura sonreía ante la flor que siempre esperaba y Trupán se encargaba de cortar sólo para alegrarla. De un momento a otro, su figura desapareció.
Carmen, la secretaria más antigua interrumpió la ensoñación de Trupán y le advirtió que el señor Fernández lo esperaba, porque necesita comunicarle algunas novedades de manera urgente. Trupán apagó el cigarro en un dos por tres y bebió rápidamente hasta la última gota del ya frío café que tenía en su mano.
Camino a la oficina de Fernández, Trupán sintió un relajo exquisito, porque sabía que la reunión de exposición había sido fructífera y se sentía tranquilo. Esta vez el discurso de su jefe debía ser alentador, pensaba. Respiró profundo, inclinó los hombros hacia atrás y reflexionó unos segundos acerca de las vueltas de la vida. En los momentos de giro, que llegan cuando menos se esperan. En las ocasiones que debió morderse la lengua, como esa misma semana, tras el fracaso de la implementaciónm del plan y en la ahora nueva oportunidad de ir al mismo lugar, por algo un poco más reconfortante. En su celular, un alerta de mensaje pasó al olvido.
Se arregló el nudo de la corbata y sacudió su chaqueta, como echando al suelo todas las malas vibras y las malas emociones que se habían acumulado esa semana. Sintió que caían una a una las burlas de su veterana compañera de escritorio, las risas socarronas de sus demás compañeros; la sensación de soledad de la mañana del martes y la resaca después del comida de aniversario; los pelos del gato trepando sobre su pecho al llegar a casa, los restos del chocolate que no se alcanzó a comer; un lágrima que escapó esa misma mañana, por sentirse tan imperfecto; la frustración de no tener todo lo que soñaba, la pelea con su mejor amigo y la discusión de oficina por errores de otros. Sintió también que sacudía la mala cara de Felisa reflejada en el vidrio, mientras tomaba un café. Destruía con ese simple acto, todo lo malo que cargaba consigo en su moderna chaqueta del traje color café.
Abrió la puerta de la oficina de Fernández con otro aire. Al entrar, la silla girada de espaldas a Trupán parecía sacada de una escena de película que todavía no arrendaba. Caminó despacio y sintió algo parecido al escozor. La silla comenzó a girar lentamente y nada parecía cuadrar.
- "¿No me vas a felicitar?" - preguntó una mujer, de la que en ese mismo momento Trupán olvidó su nombre. El sueño despierto de Trupán no se equivocaba.
Aún se lee en la pantalla del Iphone de Trupán un mensaje de texto sin responder: "Joaquín, aprende en quién confiar..."
Por BZ

martes, 26 de mayo de 2009

Amor de expediente


(La siguiente es una historia. No sé si es real o me la contaron. Sólo se han cambiado los nombres para no afectar a los protagonistas).


A Antonia la mañana se le pasó volando. Entre los alegatos por la defensa de Mario Rojas, el asesino de María Fernanda Fuentes y la revisión de los expedientes, para la causa por narcotráfico, contra el empresario vitivinícola Edmundo Jauregui, que se sigue en su buffet siente que está colapsada, que no le queda tiempo, ni para pensar en comer o llegar a casa y escuchar el cd de Michael Bublé que le regaló Gaspar. Tiene las manos heladas. Se las refriega buscando el calor que dejó de sentir esa misma semana, cuando lo vio partir desde su departamento y no supo más de su existencia.

Habían comido unas ostras en "Donde Rastor" y el vino se le había subido a la cabeza, lo mismo que la idea loca de besar apasionadamente al nuevo abogado que le designaron para el caso Rojas, pero su siempre latente conciencia (moral, pensó ella) pudo más y se contuvo. Se puso el abrigo sobre los hombros y cerró la puerta del Renault de Gaspar, sin dejarlo ser caballero. Al menos, de los clásicos, que abren y cierran las puertas a sus mujeres. Ella no se sentía su mujer. Lo presentía. O se le había metido en la cabeza que no quería serlo. Nunca lo fue en rigor, pero algunas situaciones e insinuaciones de Gaspar le habrían hecho creer que sí lo era.

Ya en su departamento, Gaspar mostró un extraño interés por las plantas tipo bonsai que Antonia tiene en el suelo, todas en fila, como una familia de bonsais que se siguen en tamaño, textura y color. "Son una familia", le explicó cuando Gaspar insinuó la idea de separarlos por todo el departamento. Su excusa era ingenua y dominante a la vez. Como sus ganas deevitar el acto pre amatorio de conversar y beber, que en más de una ocasión le parecía monótono.

Aunque siguió bebiendo carmenere sin ganas, esa noche demostró que sus armas de seducción siguen intactas. Aún emanaba ese perfume que tanto alababa Gaspar y que algunos compañeros del buffet llamaban "el olor de Antonia". Ella se dejaba querer, no lo habría comprado si no supiera que podía dejar su huella en cualquier lugar donde entrara. Incluso, una vez el dueño de la importante compañia de retail le dijo que si no estuviera casado, él la habría secuestrado sólo por ese extraño y exquisito aroma.

"Es como frutas con algo", intentó descifrar Gaspar, sacando lentamente su nariz del cuello de Antonia. Ella ni siquiera se gastó en decir nada. Su perfume era algo así como su adn y eso se lleva consigo- pensó- y no se revela, ni con mil exámenes, ni menos, dos botellas de vino en el cuerpo. La noche corría rápido y los zapatos de ambos se posaban chuecos, caídos, sobre la alfombra blanca.
Pese a las ganas que tenía Antonia de sentir algo más por Gaspar, su mente estaba en otra parte. En otras ideas. Definitiva y no reconocidamente en otra persona. Gaspar la besó sin aspavientos y ella dejó que su boca tocara la suya sin sentir más que el básico deseo que sigue a la atracción, que ella calificaba "instinto animal" y se alejaba con creces de ese deseo que esperaba sentir desde otro lugar, más sensible, más romántico. Su corazón estaba hecho piedra.
Gaspar desplegó sus mejores dotes amatorias y Antonia tuvo un par de orgasmos inesperados, que fueron para ese hombre como el máximo testimonio de entrega. Antonia sólo esperaba que la noche terminara. Y sentía en su corazón, que estaba con otra persona.


Después de hacer el amor, Antonia se enfundó en su bata blanca y bebió champaña, como quien toma agua para pasar un mal sabor. Sabía perfectamente que su affaire con Gaspar no tenía pies, ni cabeza. Mucho menos cuerpo. Fue demasiado el tiempo que Antonia dedicó en instruirlo, formalo y adecuarlo para un buffet como el que pertenecían, que estar en la cama con él no hizo más que decepcionarla. No por su performance sexual, sino por lo frío de sus sentimientos. Recargados, elaborados, distantes, fríos. Nada le gustó desde ese instante.


Antonia no es una mujer sensible, al menos de buenas a primeras, pero entiende perfectamente que los componentes de un todo, deben ser estrictamente proporcionales a su esencia. Y esa esencia no la encontraba en Gaspar, al menos.


Pensó en las reuniones del día siguiente. Miró a Gaspar encender un cigarro, recordando las cuatro ocasiones en que las que dijo que no fumaba y miro hacia el vacío, casi como si estuviera sola. Las decepciones ya no la soprenden, ni menos las palabras dichas en medio de un acto que hoy parece, para ella, común: Un tipo guapo, canchero, viajado, con mundo, pero sumamente insensible. Así pensaba Antonia de Gaspar. Lo veía como el hombre que la llamaba a ser más ella que nunca y que la observaba con atención en medio de las reuniones, donde casi siempre, al decir su nombre, él la hacía sentir única. Y a la vez común. Esa mezcla de sensaciones mutuas, Antonia las tenía consigo. Las veía en los ojos de Gaspar y las sintió mientras hacían el amor. ¿O sólo tenían sexo?. Aclaró en su mente. Y se quedó con esta última idea, porque hacía tiempo que aprendió la diferencia.
Antonia ya no era la niña que sucumbía ante los detalles de siempre. Los años le habían otorgado un aire de mujer interesante y prudente que logró manejar a cabalidad. Si antes fue el histrionismo, ahora era la prudencia y su esencia las que exudaba en su paso por cualquier parte. Víctimas de su actuar caían los hombres ante ella, como soldaditos de plomo en fila ante un golpe de dedo, pero ella no quería más soldaditos, quería un gladiador, o un líder de tropa que la encandilara, con algo más que una sonrisa y una expresiva mirada. Antonia estaba para cosas grandes. Al menos, eso sintió esa noche.


Las única luz encendida, de la lámpara de pie, rebotaba contra una pared, donde la imagen del cuadro, con una mujer volando transmitió a Antonia unas ganas enormes de querer estar sola. No dijo nada, ni comentó nada. En silencio avanzó hasta la cocina, como si efectivamente lo estuviera. Bebió hasta la última gota de champaña, empinando ella copa como en un acto de rebeldía. Gaspar fumaba silente y la contemplaba cautivo.


En el trayecto hacia la cocina Antonia recordó años recientes y amores tardíos, tardes de angustia y noches de euforia; los libros de medianoche, cuando le ganaba el insomnio; los mails de su ex y las canciones de su Ipod; la lechuga que terminó deprimida dentro del refrigerador y los trozos de pizza que debía comer sola los domingo. Repasó su encadilamiento por Gaspar y la enorme alegría que llegó hasta su vida cuando se conocieron. Revivió la angustia por la muerte del tío Nicolás; las palabras de Ignacio contando el accidente y la sonrisa de su madre al verla llegar. Extraño un abrazo y se sintió vacía. Nada a su alrededor verdaderamente le pertenecía. Si bien era su casa, sentía que eran cosas que fueron puestas allí. No eran cosas que llenaban un lugar, sólo lo ocupaban. Todo esto pensó cuando estaba frente al cajón de cubiertos, en medio de la cocina. La noche era oscura y sólo la luz de la lámpara de la pieza intentaba vagamente alumbrarlo todo.


No quedaba nada de champaña en la botella y aún quedaban restos de humo de cigarro, en la habitación de Antonia, cuando sacaron el cuerpo de Gaspar sin vida. Una ambulancia sacó dos camillas y la policía acordonó el sitio del suceso.


De Antonia sólo quedó su bata y una carpeta con expedientes del caso de narcotráfico. El asesino del tío Nicolás ya estaba muerto. La empresa de retail sería daclarada en quiebra y Edmundo Jauregui tendría orden de detención por autor intelectual del asesinato del tío de Antonia. Y su amor por Mario Rojas sólo quedaba en el recuerdo. La abogada enamorada de un delincuente ya no estaba para explicar nada.


La policía recogió pruebas y hasta hoy se comenta el leve olor "parecido a frutas" que quedó en una bata blanca.

Por BZ

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Clarita abre los ojos!


No alcance a tomar mis cosas para irme a la casa, cuando Clarita me agarró de un brazo y casí me mata del susto. Se había encontrado en la red (no me dijo si en messenger o facebook), con el amigo del niño que conoció hace unos días. Por la cara que tenía, mi amiga no tenía las mejores noticias o quizás quería decirme algo que no esperaba saber. No me era fácil adivinar.

Se sentó en el suelo con las piernas cruzadas y encendió un cigarro, mientras atropelladamente me decía que le daba lata, que se sentía medio tontorrona por estar angustiada, por alguien que no la llamó cuando esperaba y que al parecer (una vez más, para variar!) sólo le había gustado a ella. Dijo que el amigo de Darío le preguntó cómo lo había pasado y que ya se había enterado. ¿De qué?. Adiviné que ya no era sólo yo quien sabía de este encuentro entre Clarita y el niño en aquella fiesta. El amigo del niño también había sido mudo testigo de lo que había sentido ese chiquillo. Sin embargo, lo que pueda saber ese niño, ,son sólo las impresiones que Clarita se llevó de aquella conversación a través de un computador. No tengo idea si será algo bueno o malo, sólo sé -por la cara de mi amiga- que le dio lata darse cuenta que habían hablado de ella: que un hombre comentó sobre su forma de ser, su manera de actuar e interactuar, de sus risas y de todo cuanto pudo apreciar de mi amiga y eso es mucho decir, para una mujer como Clarita que comienza a pensar en las cosas más increíbles que se puedan imaginar.

Clarita se quedó medio asustada. Y yo sé bien por qué. Esa conversación con el amigo del chiquillo en cuestión le abrió los ojos a mi amiga y le hizo entender en buen español y así de sopetón que no la van a llamar, que fue ella la que se quedó así como plop. Y a mi me parecen sólo elucubraciones, porque aún es pronto para juzgar. Quizás Clarita siente como suena su celular y se tiene que tragar sus palabras. O, por el contrario, tiene razón y deberá una vez más tragar lágrimas.

Sigo pensando que es demasiado complejo el mundo de las personas solas.

No debería existir la soltería y todo el mundo debería tener a quien amar ( y quien le ame).

Las ilusiones de Clarita




Volví a encontrarme con Clarita. Debo reconocer que la echaba de menos. Me hace bien volver a verla. Escucharla. Olerla. Sí, olerla. Usa un perfume que estoy seguro tiene algo, que te hace quedarte pegado a ella. Debe ser algo así como ¿naranja?, ¿bergamota?, ¿anís?. No sé, no tengo idea. Sólo sé que ella lo sabe y le encanta. Y a mi también me encanta que le encante, porque eso la hace especial. Muy especial.

Nos encontramos en el pasillo, donde solíamos contarnos las historias más secretas y personales de nuestros fines de semana. Clarita venía con cara de cabra chica que hace maldades y una sonrisa de oreja a oreja. Yo la conozco bien. Sé perfectamente cuando anda feliz y cuando anda triste. Esta vez andaba eufórica. Y claro, la razón nuevamente era un hombre. Uno que, seguramente, conoció cuando menos se lo esperaba y que la dejó así de feliz.

Me dijo que fue en una fiesta, a la que llegó con su amiga Francisca de puro aburrida, que esa noche no tenía planes. Era justo el momento en que prometió estar más atenta, menos lenta y más contenta. Y dijo que le resultó y de sobra.

Yo la miraba embobado. Escuchaba atento la descripción del nuevo personaje, que tiene a mi amiga pensando que esta vez cupido sí la va a flechar bien flechada y que al fin después de tantos años de soledad volverá a tener a alguien a quien decirle que lo ama, aunque no me atrevería a decir que será así. Clarita siempre se queda ilusionada y después tengo que tener mucha paciencia, para esperar que se le pase la pena, que algún niño tonto y desconsiderado le hace sentir.

A este niño no lo buscó, ni lo miró, ni nada. Dice que ella estaba conversando con su amigo Miguel, a quien encontró por casualidad en la fiesta, cuando de repente apareció. Clarita se reía y coqueta me decía que se sintió observada, pero esta vez de una manera diferente. Mi amiga dijo que notó que cada vez que decía algo el niño la miraba y dejaba caer sus ojos en la polera negra que andaba usando esa noche.

Yo miro a Clarita y me emociono y me ilusiono y sonrío igual que ella. Me parece que estuviera pasando todo lo que me cuenta, justo frente a mis ojos. Dijo que el niño, que se llama Darío, es un niño amable, de linda sonrisa y "pestañas increíbles". Yo creo que a Clarita le gustó, porque cuando usa esa frase es como si estuviera describiendo a alguien que tiene precisamente todo lo que le gusta. Y así no más es. Yo sé que mi amiga se hace la tonta, pero anda como contenta. Y eso que me dijo que tiene miedo, que le da lata y un montón de otras tonteras más. Yo no sé que pretende esta vez. Yo sigo aquí para escucharla y contar sus historias, pero ella parece que tuviera ganas de muchas más cosas y los dos sabemos que no depende sólo de ella.

No entró en detalles, pero me di cuenta altiro que Clarita se la jugó por ser una nueva Clarita. No "tan" preocupada, no "tan" detallista y más centrada en sí misma. Yo me di cuenta, porque ponía voz de indiferencia cada vez que señalaba los puntos de aproximación con el niño: si no era una opinión, eran las ganas de tomar bebida; que Clarita según me dijo, le daba cada ciertos ratos, como para crear atmósfera o complicidad, que en ella es lo mismo, porque cuando mi amiga quiere hacer sentir bien a alguien se la juega por completo. Y yo sé que es así. Hasta me la imagino.

Siempre me quedo pensando en todas estas cosas que me cuenta Clarita. En las ideas que se le ocurren, cuando nos reímos -cómplices- fumándonos un pucho en la mitad del pasillo, como si nadie más estuviera ahí. Nunca sé muy bien con lo que me va a salir, pero esta vez siento que es la típica vez que a Clarita le gusta alguien así como de verdad. Y sé que es así, porque a mi no me hace tonto. Nada de que "en verdad no espero nada, ni estoy pensando en nada". La cara que pone (como si hubiera comido manjar o chocolate) la delata a kilómetros, pero yo no le digo nada, para que me siga contando.

Sé que tengo que estar atento, porque ya han pasado dos días de su encuentro y anda toda nerviosa. Mira el teléfono como si tuviera una relación con él. Como si fuera alguien importante. Lo toca, lo mima y hasta le habla. Y yo me doy cuenta que no suena y que Clarita quisiera marcar el número de ese niño que conoció sin querer, pero al no hacerlo me demuestra que esta vez está más grande (según ella) y que no va a empezar a creer que pasan cosas, cuando en verdad el teléfono pareciera haber enmudecido y mi amiga simplemente creído una historia que duró una noche. Como muchas más en la vida de mi querida amiga.

Es extraño el mundo de las personas solas. Quizás sea verdad, eso que leí por ahí de procurar que la pena se muera de risa.

viernes, 18 de abril de 2008

Carta de Clarita

Hola. Soy yo. Estoy sentada frente a una página que no es mía, pero que, sé ,protagonizo desde hace un tiempo. No hay nadie aquí. Están apagando las luces y mi amigo se fue a fumar un cigarro. Yo hago como que busco algo en google, mientras me lanzo a escribir de una manera casi camuflada. Estoy nerviosa. No quiero que me pillen. Tuve la suerte de encontrarla abierta. Parece que mi amigo iba a comenzar otra historia y llegué yo. Me dijo "estoy escribiendo mi blog" y sentí la tentación de saber en detalle que pasa aquí.
Fueron muchas las ganas. Me leí en cada historia y tengo pánico escénico y orgullo también, de tener un amigo que me percibe perfecto, que sabe todas las cosas que me pasan e incluso cómo voy a reaccionar. Me siento un poco diva en este momento, un poco estrella, un poco rockstar. Aunque ni siquiera soy famosa, no canto ni en la ducha ni hago giras promoviendo discos.
Está sonando el teléfono... Es para él.
Dije que mi amigo está afuera, fumando y que me pidió que dijera que si lo buscaban estaba esperando afuera. ¡Qué bien!. Alcanzo a ver por la ventana que mi amigo se juntó con esa persona y entonces tengo más camino libre. Temo que me pillen, pero me gusta. Me gusta la adrenalina que siento, mientras presiono a toda velocidad las letras que conforman este relato.
Aunque parezca extraño, sentí la necesidad de meterme en esto. De ser parte directa de este blog, que no entiendo bien, porque me leo en él y reconozco que un poco de mi ego quiere escapar, pero no lo dejo. Ya es demasiado.
Mi mundo está plasmado en estas páginas y no sabía que era así , recién lo descubro. Supe por mi amigo que mucha gente lee estas líneas, que incluso hay quienes se preguntan cómo es y dónde está -la ya famosa- Clarita. Y a esas personas les digo aquí estoy. Soy yo. La tonta. La que cree en cosas que nunca pasan o que sólo nosotras las mujeres esperamos que pasen. La misma a la que dejaron con los crespos hechos, bien hechos, como esos que nos hacemos cuando queremos cambiar de look, para vernos distintas, más femeninas, más coquetas; pero que de nada sirven, cuando te quedas esperando y terminas tan lisa como antes de peinarte.
Soy Clarita. Clarita la amiga de este señor que escribe increíble y que me ha puesto en un sitio que a veces quisiera no estar. Ahora sé que cada vez que le cuento algo, él está pensando si encabezará con mis frases un párrafo o lo convertirá en un título. Soy la que cree en el amor así de verdad. De esos que vemos en las películas, o en nuestra infancia, cuando nos gustaba un chiquillo y andábamos medio locas pensando en cualquier cosa que pudiera acercarnos a él. Soy esa que cada viernes piensa que algo va a pasar. La que mira el celular diciendo: sí, ahora me va a llamar. La que llora las penas frente a su amigo, pero nunca dice que está mal. La pro, la nueva mujer, la que la lleva y que en verdad es más cercana a las ilusas, soñadoras e ingenuas, pero que jamás, nunca en la vida, lo va a reconocer.
Hoy no le conté nada. No le dije que tengo la misma rabia de hace algún tiempo. No quise que se entere que me di cuenta de que todos los hombres son iguales. Sí, aunque alguien alegue lo contrario. Después de todo, no porque alguno aún no haga tal cosa, es un hombre diferente. En todos está la potencial sensación de sentirse admirados y queridos por una mujer y con ello, la potencial indecencia de sentirse divos, queridos y mimados. Y esa actitud arrogante y desafiante de hacernos sentir aún más tontas, porque con dos flores, una mirada y un abrazo nos tocaron el corazón.
No tengo mucho tiempo. Quizás pueda escribir algo más, pero no es necesario. Todo queda mejor escrito por mi amigo, sólo quería que supieran que existo, que estoy decidida a hacer las cosas bien y que hoy me quiero sentir contenta, aunque sea sola, escribiendo y sintiendo que si bien no tengo el amor que tanto espero y quiero, tengo un amigo maravilloso que me hace muy feliz.

Lo quiero mucho. Y esta es mi forma de agradecerle: Te pasaste guatón. Te amo amigo!.


Clarita.