miércoles, 27 de mayo de 2009

El (mal) plan

En la bodega de despacho de insumos de la Constructora Crisac, hay un tipo que camina a paso rápido. Lleva bajo el brazo un par de carpetas, de donde sobresalen papeles, que contienen encargos, nuevos contratos, cartas de reclamo y mails que no quieren caer y en la mano derecha lleva su Iphone, la última adquisición, de buen chileno moderno y al día, que no quiere pasar inadvertido. Está algo ofuscado. La implementación de la nueva red informativa de personal, no está funcionando y sobre sus hombros lleva el peso de los reproches, que aún-intuye- no le ha tirado en la cara su jefe, Marcos Fernández. La noticia de que no será aprobado el plan, y la carpeta llena de papeles y temas que no quiere ver, lo tienen absorto.

Pasa revista a todos los paneles de información interna y entrega a los funcionarios los trípticos, que durante semanas estuvo elaborando, para mostrar las nuevas políticas de la empresa, en materia de elaboración y certificación de calidad y comunicaciones. No está contento. No logra disimularlo y llega al ascensor con más tedio que ganas. Volver a su escritorio es reencontrarse con el desgano y el cuchicheo de sus compañeras de trabajo. Las mismas que sonríen cada vez que algo falla. La mayor de ellas, su jefa, pareciera hacerlo a carcajadas, pero eso ocurre sólo en su mente. El hastío y el desgano le han hecho ver cosas en su mente, que no existen, pero que se mutiplican y lo alteran. El psicólogo, años atrás, ya había detectado su incipiente crisis de pánico.

Llegó a la empresa gracias al dato que le dio una amiga. Era un viernes por la mañana y salía airoso con la respuesta de que "su test psicológico fue aprobado y su curriculum está bastante bueno". Ese dato impulsó a este joven de un metro y setenta y tres centímetros de altura, 60 kilos de peso, pelo y ojos claros y una palidez casi enfermiza, a mantenerse en una empresa de la que sólo escuchó cosas de oídas y que hasta ahora le permitía sentirse, de alguna manera, realizado sólo profesionalmente.

Joaquin Trupán Latorre tiene 27 años, pero siente que más de 30 hubieran pasado por él. En su rostro las líneas de expresión y en sus ojos el brillo de una ilusión denotan ansiedad y decepción, espera y convicción. Si bien su trabajo lo llena, su corazón pide a gritos una pala de amor y un cargamento de emoción. Su trabajo lo consume y su cabeza no da para más. Bastante tiene soportando la mirada inquisidora de sus compañeros de trabajo, pero sobre todo de ellas, que lo miran con desconfianza y recelo, por ser el que siempre tiene una respuesta y quien logró cambiar arcaicas y rutinarias estrategias de trabajo en aquella centenaria empresa.

Frente a su computador ve que los meses pasan uno tras otro y siente como si no ocurriera nada especial, que le permita llenar el calendario con alguna actividad especial. Trupán está abatido, se siente disminuido. Su plan de comunicación no fue lo que esperaba y sabe que tendrá que dar la cara.

Llega a la oficina de Marcos Fernández sin intenciones de ser cortés, porque sabe que el sexagenario dueño de Crisac siempre gana y por más intentos de convencerlo, de que el problema no es el plan, sino la implementación del diseño, no logrará nada. Se sienta en un moderno sillón de cuero, que le produce una sensación de escalofríos y escucha atento los reclamos de su jefe. Trupán siente que está frente a un monstruo verde al que oye, pero no escucha y comienza a irse de ese lugar lentamente. Sin dejar de mirar, ni mover un sólo músculo de su pálida cara.

Abre la puerta y está frente a Felisa. Su novia, varios años menor que él, que lo mira con cariño, pero que oculta algo que Trupán sabe que no tardará en descubrir. La voz de su jefe sigue transmitiéndole palabras que no escucha y Felisa está instalada frente a él con su cara de niña. Trupán la abraza y siente que al menos alguien entiende su pena.

Hace calor en esa habitación, pero Trupán tiene escalofríos. Tiembla y su jefe no lo nota, mientras Felisa, en sus sueños sigue abrazándolo y entregándole una cuota de ese afecto que se perdió de un momento a otro hace algunos meses. Tenían una relación de ensueño, de esas que aparecen en las revistas de papel couché, en que los protagonistas cuentan que se sentían solos, pero de pronto se miraron y no se separaron nunca más. Así era la historia de Joaquín Trupan y Felisa Covacic, los compañeros de universidad que se enamoraron y eran la pareja perfecta para los demás.

"Falta creatividad, no se gastará más dinero y hay que buscar una solución", fueron tres frases que separaron a Trupán del abrazo de Felisa y lo trajeron de un zuácate a la realidad. Esa realidad que se perfilaba feliz y tranquila, soledad y despejada, pero que de un momento a otro se llenó de nubes sólo sobre su cabeza. Era tal el estado de evasión de Trupán, que el jefe seguía hablando y no lograba percatarse de su ausencia. Fue entonces que Trupán dejó de ver a Felisa y la vio partir, aislarse, esfumarse de su mente. "Lo siento Señor Fernández, buscaré la forma de arreglarlo", enfatizó y se puso de pie rumbo a su escritorio.

Salió muy tarde de la oficina y caminó por el centro de Santiago sin saber dónde ir. El sueño con Felisa en medio de la conversación con Fernández hizo a Trupán caer en un estado de indefensión y ostracismo ante el mundo, que sentía que ya no formaba parte de él. La luz roja del semáforo dio con todo en su cara y recordó la mirada triste de Felisa y la sensación de que algo le ocultaba volvió sobre él. No había tenido esa sensación desde la última vez en que encerrados en su casa habían discutido por la forma en que solían decirse las cosas. El ímpetu de Trupán y el apasionamiento de Felisa chocaban constantemente, por ganar una pelea tácita, no pactada, pero sí percibidad. Caminó por largas horas y sintió un vacío, de esos grandes, de esos que dejan las despedidas de personas muy queridas y que se disimulan apretando los dientes y elevando el mentón, como haciendo creer que no pasa nada. Trupán sabía poco de esas cosas. Las pensaba, pero no lograba apaciguar la impaciencia y el descontrol que sentía su cuerpo cuando una emoción lo invadía.

La mañana siguiente en la oficina no fue muy distinta. Trupán sabía que sería un duro trabajo volver a reconquistar la simpatía de Fernández, para presentarle un nuevo proyecto comunicacional. Las cosas no se veían fáciles y no tenía más cabeza para pensar, menos para elaborar algún plan. Decidió compartir el problema con algunos compañeros y organizó un grupo de discusión, por medio del cual, pensaba Trupán, podría obtener mejores y mayores resultados, que los ya desechados, luego de una rápida e improvisada reunión. Elaboró un nuevo informe, lo envió a la imprenta y pidió los 21 ejemplares que debería presentar al directorio.
La reunión con los ejecutivos se extendió por más de tres horas. Un email en su Iphone le avisó a Trupán que Felisa salía esa misma mañana a su nuevo trabajo. Era la cuarta vez que recibía el mismo mensaje, una mañana cualquiera y Trupán en su mente sólo le deseaba suerte.
Felisa Covacic no era precisamente una periodista ejemplar, pero al menos tenía la personalidad y la impronta de una mujer de carácter, de esas mal llamadas "de armas tomar", de las que cualquier cosa les parece algo fácil de resolver. Una mujer con más soluciones que problemas. Trupán la imaginó vestida de negro, un impecable traje de dos piezas negros, con seis botones y zapatos de ejecutiva, de los que tanto presumía, cada vez que trabajaba. El tiempo en casa, le había pasado la cuenta. Felisa adolecía de la actitud firme y las palabras "deséame suerte" acusaban su temor a ser laboralmente rechazada.
Trupán continuó con la exposición frente al directorio. Había logrado captar la atención del jefe de marketing y el asesor de estrategias comunicacionales, quienes apuntaban ideas y miraban con acusada atención, lo que entregó a Trupán cierta seguridad en su actuar, pocas veces experimentada. El nuevo plan de comunicaciones sería aprobado y Trupán entendería que no fue su error, sino uno más de las jugadas del azar hacia su trabajo. Los ejecutivos anunciaron la necesidad de nuevos responsables y nuevas áreas para establecer las políticas aprobadas. Trupán celebró en silencio. Su plan estaba, pese a esto último, completamente aprobado.
La reunión terminó sin contratiempos y Trupán se preparó un café que tomó con un cigarro en la otra mano. Miró a través del vidrio su reflejo y se vio más joven y más ágil que nunca. Algo cansado, pero contento. Un poco impaciente, pero con una sensación de ver al hombre que había demostrado con creces que su trabajo era lo más importante. Junto a su reflejo creyó ver a Felisa. Y la contempló por un momento. Comparó ambas imágenes en el vidrio y vislumbró un futuro junto a esa mujer que lo había acompañado en todo momento. Repasó diez años juntos en un solo momento. A su mente venían las risas y los abrazos que siempre Felisa le daba de sopresa. Vio como su figura sonreía ante la flor que siempre esperaba y Trupán se encargaba de cortar sólo para alegrarla. De un momento a otro, su figura desapareció.
Carmen, la secretaria más antigua interrumpió la ensoñación de Trupán y le advirtió que el señor Fernández lo esperaba, porque necesita comunicarle algunas novedades de manera urgente. Trupán apagó el cigarro en un dos por tres y bebió rápidamente hasta la última gota del ya frío café que tenía en su mano.
Camino a la oficina de Fernández, Trupán sintió un relajo exquisito, porque sabía que la reunión de exposición había sido fructífera y se sentía tranquilo. Esta vez el discurso de su jefe debía ser alentador, pensaba. Respiró profundo, inclinó los hombros hacia atrás y reflexionó unos segundos acerca de las vueltas de la vida. En los momentos de giro, que llegan cuando menos se esperan. En las ocasiones que debió morderse la lengua, como esa misma semana, tras el fracaso de la implementaciónm del plan y en la ahora nueva oportunidad de ir al mismo lugar, por algo un poco más reconfortante. En su celular, un alerta de mensaje pasó al olvido.
Se arregló el nudo de la corbata y sacudió su chaqueta, como echando al suelo todas las malas vibras y las malas emociones que se habían acumulado esa semana. Sintió que caían una a una las burlas de su veterana compañera de escritorio, las risas socarronas de sus demás compañeros; la sensación de soledad de la mañana del martes y la resaca después del comida de aniversario; los pelos del gato trepando sobre su pecho al llegar a casa, los restos del chocolate que no se alcanzó a comer; un lágrima que escapó esa misma mañana, por sentirse tan imperfecto; la frustración de no tener todo lo que soñaba, la pelea con su mejor amigo y la discusión de oficina por errores de otros. Sintió también que sacudía la mala cara de Felisa reflejada en el vidrio, mientras tomaba un café. Destruía con ese simple acto, todo lo malo que cargaba consigo en su moderna chaqueta del traje color café.
Abrió la puerta de la oficina de Fernández con otro aire. Al entrar, la silla girada de espaldas a Trupán parecía sacada de una escena de película que todavía no arrendaba. Caminó despacio y sintió algo parecido al escozor. La silla comenzó a girar lentamente y nada parecía cuadrar.
- "¿No me vas a felicitar?" - preguntó una mujer, de la que en ese mismo momento Trupán olvidó su nombre. El sueño despierto de Trupán no se equivocaba.
Aún se lee en la pantalla del Iphone de Trupán un mensaje de texto sin responder: "Joaquín, aprende en quién confiar..."
Por BZ