sábado, 17 de julio de 2010

No te despediste

El timbre ha sonado dos veces y no entiendo por qué no has abierto la puerta. Estoy tirado en la cama, mientras el silencio más fuerte, después de nuestra tonta pelea. Te imagino con ganas de hablarme, detrás de la pared que da al living, mientras tomo Coca Zero  y pienso que no estuvimos nada bien al gritarnos tantas cosas. Llevamos más de dos semanas de discusiones y reconciliaciones, que me hacen pensar dos cosas: o que vamos a terminar, o seremos quienes más se conocen en este planeta. No creo que  esto dé para más. Nos faltamos el respeto y nuestro cordón umbilical se estiró tanto, que ya tiene fisuras y en cualquier momento nos hará salir disparados muy lejos del otro.

Llegaste con cara de que algo te había pasado y cuando te pregunté qué había sido, por la herida que tienes en en la mano, me dijiste que nada, que no me “metiera” en tus cosas, porque cuando yo me cortaba con la máquina de afeitar me hacía el interesante y no te contaba nada. Y pienso que cada una de esas veces quisiera inventarte que fue otra mina la que me rasguñó, cuando se enteró que estaba pololeando contigo; o que un gato se me tiró encima, cuando percibió que a los de su especie los odio con todo el corazón, sólo porque tienen pelos y se doblan cuando los toman, pero no, no era nada de eso y no te quedaste tranquila con mi nula explicación, por eso te hiciste la sorda ante mi interrogatorio. No quise preguntarte por el retrato que tiraste al suelo. Siento que ya no quiero preguntarte nada.

Entiendo que juegas a “te doy y me das”. Creo que jugaremos a que me he ido, a ver si me extrañas un poco y te abrigas, porque de tanto buscarme puede que te pases de frío. Yo no sé que nos está pasando, pero la calefacción central parece no funcionar con tu corazón y el mío tiene la misma temperatura del frigobar,  en este pequeño departamento, que se hace enorme cada vez que peleamos. Miro el cuadro que pintaste para mí y pareciera decolorarse ante tanta distancia entre nosotros. No piensas levantarte para abrir la puerta y yo decido dormir, porque el timbre no se oyó más, al menos yo no lo oí. Tampoco a ti, lo reconozco.

Nuestra relación no va bien y lo sabes. Estás detrás de esta puerta, que cerraste de un golpe cuando sacamos lo peor de nosotros. Sí, nosotros dos que habíamos jurado a pie juntillas amarnos, pero "dos personas que se aman no pueden hacerse daño", lo repetimos mil veces y esta tuvo que ser la mil una, que nos demostró que en verdad sólo nos tenemos cariño.

Ayer te enojaste, porque decidí permanecer en silencio, en vez de decirte que no me gustaba nada la idea de irnos al sur por quince días, si sabías perfectamente que mi opción era que fuéramos a Viña  y mezclar entre la arena nuestras diferencias y seguir construyendo los castillos que te empeñas en desarmar. Y me dejaste con el carmenere en la mano, quebraste una copa y te pusiste a llorar, como si todo eso solucionara en algo el abismo de chocolates y flores que me devuelves en cada reconciliación. Y que se apiñan junto a las flechas que cortas en post it, para indicarme que después de la puerta del baño, junto a tu espejo, hay un regalo para mí.

Nos estamos distanciando.

A veces creo que no tengo más ganas de seguir intentándolo, sobre todo cuando cierras la puerta -como ahora y de un portazo- separándonos como si fuéramos dos reos que comparten celda y no se hablan para no intimidarse, por los crímenes que cometieron. Estás asesinando mi alma.

Estamos mal y pareces no darte cuenta, si hasta tu mamá me comentó que  no sabía como te aguantaba. Le dije a la tía que en verdad  te quería y me quedó mirando como si el fanático de “Diario de una pasión” o de “Titanic en realidad fuera yo. Prendí un pucho para demostrarle que también me quedan algunas reacciones de hastío, que me he tenido que guardar, porque pienso que podemos hacer las cosas bien y la tía me miró con cara de "este niño no puede más de tierno" y me apretó una mejilla haciéndome sentir el tipo más tonto que pudiera existir.

Hoy se cumplió una semana de nuestra reconciliación pasada. No alcanzamos a estar bien y ahora es un recuerdo que te luciste en el juego de cartas que inventaste con tus amigos, durante el viaje a la playa, donde todos pensaron que yo te había dejado ganar, pero ese viernes me encargué de que todos supieran que era verdad, que eres así de "seca" para jugar y que en astucia, inteligencia y rapidez no te gana nadie. Agregué que por eso estábamos juntos y todos se rieron de buena gana, como viendo a la pareja más perfecta, que en realidad es la más imperfecta, pero nadie se dio cuenta. La gente ve eso que la refleja.

Aquí sigo tirado esperando, a que te decidas hablarme, para al menos reconocer a la cara que nos estamos enfriando y estamos pasando el peor momento de nuestras vidas, pero nada de eso pasa. Un silencio insoportable se adueña de todo y empiezo a extrañarte, pero no digo nada, porque no te mereces que hable. La culpa la tienen tus actitudes de niña mimada y egoísta que te juegan en contra.

Mientras te oigo respirar, ahí, del otro lado, recuerdo cuando fuimos a la casa de la Fran, y tus amigas nos pidieron que les contáramos como nos conocimos, te pusiste roja y yo dije que había sido en una micro. Y hubo un silencio escéptico, que oyó la mejor de las historias que nadie había escuchado.

Era un viernes en la noche y yo había optado por tomar y no manejar. Tú habías ido a casa de tu compañera de la universidad y fuimos muy felices. Cada uno en su mundo, cada uno en su espacio. Sin sospechar si quiera, que esa misma noche, cuando los vodkas se acabaran y el olor a Lolita Lempika y Tomyy Hilfiger abandonaran nuestros cuerpos, nos subiríamos en algo más que una micro. Comenzábamos un viaje por la seducción y el descubrimiento, a través del juego simple y cómplice de nuestras miradas, en medio de la gente, a las “tantas” de la madrugada y con el corazón a mil, como sintiendo que el aire se acababa de tanta emoción contenida.

Yo me despedí de Miguel y pasé a un cajero automático, luego de ver que no me quedaba efectivo , por haberlo gastado todo en ese bar de calle Constitución, donde terminé usando esa maldita maquinita Redcompra , que deberían erradicar. No encontré un taxi y decidí subirme al Transantiago, con más alegría que ganas de llegar a mi departamento. No sospechaba en ese minuto, que luego de cruzar el torniquete vivirìamos un momento así de mágico.

"Cuando los astros se alinean en el universo - narrábamos entusiasmados- formando un carrusel de estrellas, luceros y cometas y el silencioso estallido de luces sólo es percibido por quienes están bajo esa línea, de sentimientos creada para dos personas, que se juntan y se encuentran en el momento preciso ya nada puede cambiar las cosas". Esa noche no hubo discurso más cursi que el nuestro y nos importó un  pepino.  "La coincidencia es la culpable de que muchas cosas que estaban predestinadas a pasar  -nos dijo tu amigo Ignacio-  terminen ocurriendo para cerrar el ciclo de dos personas que no estan juntas, pero se necesitan sin saberlo".

Ya no sé qué tan así nos pasa a nosotros.

Sigues detrás de esa pared, con tus calzones blancos y una de mis camisetas, con los brazos cruzados y un pie pisando el otro, justo en el empeine. Y veo tu carita de niña buena inhalando el humo del último Kent 4, que debes haber encontrado en los cajones de la cocina. Pienso ir a hablarte, pero siempre lo hago y en verdad me cansé de seguir preguntándote que está pasando. No viniste a buscarme y estamos metidos en un juego que ya no tiene gracia, porque sabemos el final. O el falso final. Nos reconciliaremos y entonces todo volverá al principio. Nada ocurrirá y volveremos a discutir.

Por el pasillo corre algo parecido a agua. Enciendo la luz y es sangre.

No quiero mirar y cuando lo estoy haciendo sólo escucho que el timbre sigue sonando y despierto del semisueño y caigo en cuenta de lo que en verdad nos está pasando. Dos policías de Investigaciones me están interrogando. Las luces de la ciudad parecieran entrar de lleno a mi departamento y hay mucha gente, el timbre se quedó pegado en mis oídos y escucho a la vecina decir que entraste corriendo, semidesnuda, gritando “lo siento” y un hombre detrás de ti parecía intentar defenderse de los cortes y puñaladas que le diste. Dijeron que enloqueciste...

No alcancé a preguntarte por el retrato, pero la vecina le mostró a los policías un par de fotos donde apareces con la misma persona del cuadro. Entiendo que no pudiste soportar engañarme y que por eso sentías que lo nuestro había muerto. Como lo hiciste tú, sin siquiera despedirte. Al menos, de nuestra historia.