Al salir del ascensor pensé decirte que serían un par de años. Tal vez, cuatro o cinco, a lo más. Traté de buscar en mi cabeza alguna historia de esas que tu misma me contabas, pero no tenía sentido. Siempre me dijiste que si no hay algo bueno que decir, mejor callar. Yo tenía cosas buenas para decirte, pero de verdad a ratos no aguantaba la espera y menos la impotencia. ¿Sabes? Tengo rabia. Sí, tal cual. Rabia, porque aunque no soy perro, me dan ganas de morder a todo el mundo. Estoy irascible. La verdad es que nunca pensé que esto duraría tanto. Estar en una clínica contigo, dormida y en silencio, resulta a ratos insoportable.
Te miro y parece que sólo estuvieras durmiendo, pero después me acuerdo que con suerte me oyes y si lo haces, ni siquiera contestas. Es una sensación de mierda que no se la doy a nadie. No hacía mucho estábamos aquí mismo, tú dudando de quedarte (como si hubieras podido decidirlo) y yo diciéndote (más bien, minimizando preocupaciones) que “no era nada y que estábamos esperando unos controles”. No me creíste ni la mitad. Si fueron precisamente esos días, entre el primer y el segundo derrame, cuando más recuerdo que te pusiste pesada. Empezaste a decirme que cuidara al papá, que lo entendiera, que no peleara con mis hermanos y que siguiera siendo tan despierto y decidido. Y yo jamás pensé que decías todo eso, porque después te ibas a quedar callada, como estás hasta ahora.
Mientras duermes, me escapo a la capilla y me siento en la primera banca de madera. Un Jesús crucificado me escucha y le digo que ya está bueno, que nos ayude más, porque yo creo que todo esto va a pasar y me pongo a pensar en todas las cosas que voy a cambiar y en todas las que voy a aprender. Me quedo en silencio y una señora reza detrás de mí y decido salir de ahí. Camino hacia la cafetería, donde hay un calendario que indica que estamos a 24 de diciembre de 1997. No sé cómo llego tan rápido la navidad, pero sé que esta nochebuena tengo que volver a verte. Me junto con el papá y le digo que aprovechemos tu descanso para ti al hotel a ducharnos, para cambiarnos de ropa y volver.
En el hotel, me tiro en la cama y cierro los ojos. Oigo al papá decirme que soy un valiente y que está super orgulloso de mí. Le digo que la corte, porque no estoy haciendo nada que tú no harías. Y nos apuramos en salir, para alcanzar a estar contigo en Navidad. Las calles están vacías y en las ventanas las luces y árboles anuncian una fiesta, que para nosotros no tiene nada de feliz. Suprimo este pensamiento, pero se hace aún más fuerte al ver gente corriendo para ganarle a la hora y llegar a tiempo con el regalo que alguien debe estar esperando.
Veo en la cara de mi padre una pena inmensa, que no había visto jamás. Decido que es mejor no hablar. Tomamos un taxi y emprendemos camino rumbo a la clínica, cuando nos damos cuenta que quedan sólo diez minutos para las doce. Nochebuena está a punto de llegar y estamos atrasados. Esto, no me lo voy a perdonar, pienso. El señor taxista sucumbe ante nuestra evidente urgencia y alcanzamos a llegar justo antes de las doce a tu habitación. Se oye una música, algo así como villancicos, por los parlantes aéreos de la habitación y ya ha nacido Jesús. El regalo que mi papá te traía para darte está en el suelo y sus manos cubren su cara. Su llanto me impacta y tiendo a abrazarlo. Un silencio inunda tu habitación, que sólo conoce del sonido de esa máquina que tiene un corazón verde.
No sé si tuvimos alguna navidad triste, pero esta es la más. Estamos los tres en tu habitación y te tomamos cada uno una mano y la pena es tan grande que siento que no hay nada que hablar. Pienso en tantas cosas y decido no quejarme, ni hablarte, ni acercarme. El papá se sienta. Tú pareces dormida y yo tiemblo de miedo, porque nada nos dice qué va a pasar. De pronto, como un verdadero milagro de navidad, uno de tus dedos de la mano derecha se mueve, como dando golpes contra la cama y el papá y yo nos quedamos mirando impactados por algo que estábamos esperando. Has movido un dedo y gritamos. ¡Sí!. ¡Eso! ¡Sigue!. Y tu mano, aunque escasamente, separa los dedos y se arrastra muy lento junto a tu pierna. Nos quedamos mudos y saltando de alegría, porque empiezas a reaccionar. El papá da la lata con que esto es un milagro y yo le pido que se calle, para que sigas moviendo todo lo que quieras mover. No logramos mucho, pero vemos que reaccionas ante un golpecito y si te hablamos tus párpados parecieran moverse. Nunca tuve tanta alegría en un segundo, como esa noche. Nunca sentí que volvías a mí, como en ese instante pequeño en que te volví a sentir, mamá. Me paré detrás de la puerta y mi respiración empañó el vidrio. Sentí alivio y escalofríos. El papá se tiró en el sillón y se puso a rezar. Yo volví a los cinco años y me puse a llorar.
Una mañana en que estaba enfermo no me dejaste salir. Me diste un beso y me dijiste que irías a comprar remedios, porque querías que estuviera bien y que me tenía que mejorar. Yo dije sí y partiste, pero debo haber estado durmiendo, porque cuando desperté te comencé a llamar y no estabas. Desperté de un sobresalto y al mirar por la ventana ibas saliendo de la casa y yo golpeaba el vidrio con mi mano y no me escuchabas. Y me puse a llorar, hasta volverme a dormir. Y una pena y una sensación de abandono me dejaron una huella, que cuando lloro vuelven a aflorar. No te culpo, mamá. Sólo que esas lágrimas de alegría me llenaron de recuerdos y de nostalgia. De anhelos y frustraciones. ¿Si tardaste un mes en mover un par de dedos, cuánto más iba a pasar para que volvieras a caminar?.
Después de tanta emoción, con el papá fuimos a tomarnos un café y yo salí a fumar. El papá lo dejó una semana después de que entraste a la clínica y yo no pude hacerlo. Incluso empecé a fumar más. Tu ausencia hizo que nuestra relación mejorara y ahora yo podía decirle lo que quisiera, porque no tenía sentido ya ponernos a discutir. Lo entendió perfecto y me sentí más grande. Caminé por largo rato esa noche de navidad. Con el papá conversamos toda la noche y nos pilló la madrugada intentando sonreír, porque al menos las cosas empezaban a cambiar.
Mamá, cuando entré a tu habitación te estaban sentando en una silla de ruedas y tu mirada estaba perdida. Tu cara me decía algo así como “no me mires, no me hables, no estés aquí”. Y podía yo mismo completar, con mi cara, tus ganas de que no tuvieras que estar pasando por esto. Yo sé que a ti te duele más que a mí. Con los años aprendería por qué tenías razón.
El kinesiólogo había vuelto. Era un tipo alto. Su actitud era amable y noté compasión al ver mi asombro, por tener que sujetar tu cuello, para que no se cayera hacia ningún lado. “Con el tiempo la movilidad se recupera, pero esto lleva tiempo”.Tiempo. Esa palabra la hicimos nuestra y terminamos aceptándola. El tiempo se hizo parte de nuestras vidas y hasta hoy me pregunto cuánto tiempo. No es fácil una tarde cualquiera de diciembre, a los 20 años tener que ver a la mujer que uno más quiere sentada en una silla de ruedas, mirando a la nada y esperando, sin decirlo, todo.
Después de varios ejercicios, nos indicaron que debíamos sacarte de la cama y empezar a ampliar tu mundo. Además de hablarte, ahora debíamos hacer que todo pareciera normal. Claro, como si fuera tan fácil. Como si lo más normal fuera tener que empujar una silla y hacer como que la vida es grandiosa y alegre.
Te miro y parece que sólo estuvieras durmiendo, pero después me acuerdo que con suerte me oyes y si lo haces, ni siquiera contestas. Es una sensación de mierda que no se la doy a nadie. No hacía mucho estábamos aquí mismo, tú dudando de quedarte (como si hubieras podido decidirlo) y yo diciéndote (más bien, minimizando preocupaciones) que “no era nada y que estábamos esperando unos controles”. No me creíste ni la mitad. Si fueron precisamente esos días, entre el primer y el segundo derrame, cuando más recuerdo que te pusiste pesada. Empezaste a decirme que cuidara al papá, que lo entendiera, que no peleara con mis hermanos y que siguiera siendo tan despierto y decidido. Y yo jamás pensé que decías todo eso, porque después te ibas a quedar callada, como estás hasta ahora.
Mientras duermes, me escapo a la capilla y me siento en la primera banca de madera. Un Jesús crucificado me escucha y le digo que ya está bueno, que nos ayude más, porque yo creo que todo esto va a pasar y me pongo a pensar en todas las cosas que voy a cambiar y en todas las que voy a aprender. Me quedo en silencio y una señora reza detrás de mí y decido salir de ahí. Camino hacia la cafetería, donde hay un calendario que indica que estamos a 24 de diciembre de 1997. No sé cómo llego tan rápido la navidad, pero sé que esta nochebuena tengo que volver a verte. Me junto con el papá y le digo que aprovechemos tu descanso para ti al hotel a ducharnos, para cambiarnos de ropa y volver.
En el hotel, me tiro en la cama y cierro los ojos. Oigo al papá decirme que soy un valiente y que está super orgulloso de mí. Le digo que la corte, porque no estoy haciendo nada que tú no harías. Y nos apuramos en salir, para alcanzar a estar contigo en Navidad. Las calles están vacías y en las ventanas las luces y árboles anuncian una fiesta, que para nosotros no tiene nada de feliz. Suprimo este pensamiento, pero se hace aún más fuerte al ver gente corriendo para ganarle a la hora y llegar a tiempo con el regalo que alguien debe estar esperando.
Veo en la cara de mi padre una pena inmensa, que no había visto jamás. Decido que es mejor no hablar. Tomamos un taxi y emprendemos camino rumbo a la clínica, cuando nos damos cuenta que quedan sólo diez minutos para las doce. Nochebuena está a punto de llegar y estamos atrasados. Esto, no me lo voy a perdonar, pienso. El señor taxista sucumbe ante nuestra evidente urgencia y alcanzamos a llegar justo antes de las doce a tu habitación. Se oye una música, algo así como villancicos, por los parlantes aéreos de la habitación y ya ha nacido Jesús. El regalo que mi papá te traía para darte está en el suelo y sus manos cubren su cara. Su llanto me impacta y tiendo a abrazarlo. Un silencio inunda tu habitación, que sólo conoce del sonido de esa máquina que tiene un corazón verde.
No sé si tuvimos alguna navidad triste, pero esta es la más. Estamos los tres en tu habitación y te tomamos cada uno una mano y la pena es tan grande que siento que no hay nada que hablar. Pienso en tantas cosas y decido no quejarme, ni hablarte, ni acercarme. El papá se sienta. Tú pareces dormida y yo tiemblo de miedo, porque nada nos dice qué va a pasar. De pronto, como un verdadero milagro de navidad, uno de tus dedos de la mano derecha se mueve, como dando golpes contra la cama y el papá y yo nos quedamos mirando impactados por algo que estábamos esperando. Has movido un dedo y gritamos. ¡Sí!. ¡Eso! ¡Sigue!. Y tu mano, aunque escasamente, separa los dedos y se arrastra muy lento junto a tu pierna. Nos quedamos mudos y saltando de alegría, porque empiezas a reaccionar. El papá da la lata con que esto es un milagro y yo le pido que se calle, para que sigas moviendo todo lo que quieras mover. No logramos mucho, pero vemos que reaccionas ante un golpecito y si te hablamos tus párpados parecieran moverse. Nunca tuve tanta alegría en un segundo, como esa noche. Nunca sentí que volvías a mí, como en ese instante pequeño en que te volví a sentir, mamá. Me paré detrás de la puerta y mi respiración empañó el vidrio. Sentí alivio y escalofríos. El papá se tiró en el sillón y se puso a rezar. Yo volví a los cinco años y me puse a llorar.
Una mañana en que estaba enfermo no me dejaste salir. Me diste un beso y me dijiste que irías a comprar remedios, porque querías que estuviera bien y que me tenía que mejorar. Yo dije sí y partiste, pero debo haber estado durmiendo, porque cuando desperté te comencé a llamar y no estabas. Desperté de un sobresalto y al mirar por la ventana ibas saliendo de la casa y yo golpeaba el vidrio con mi mano y no me escuchabas. Y me puse a llorar, hasta volverme a dormir. Y una pena y una sensación de abandono me dejaron una huella, que cuando lloro vuelven a aflorar. No te culpo, mamá. Sólo que esas lágrimas de alegría me llenaron de recuerdos y de nostalgia. De anhelos y frustraciones. ¿Si tardaste un mes en mover un par de dedos, cuánto más iba a pasar para que volvieras a caminar?.
Después de tanta emoción, con el papá fuimos a tomarnos un café y yo salí a fumar. El papá lo dejó una semana después de que entraste a la clínica y yo no pude hacerlo. Incluso empecé a fumar más. Tu ausencia hizo que nuestra relación mejorara y ahora yo podía decirle lo que quisiera, porque no tenía sentido ya ponernos a discutir. Lo entendió perfecto y me sentí más grande. Caminé por largo rato esa noche de navidad. Con el papá conversamos toda la noche y nos pilló la madrugada intentando sonreír, porque al menos las cosas empezaban a cambiar.
Mamá, cuando entré a tu habitación te estaban sentando en una silla de ruedas y tu mirada estaba perdida. Tu cara me decía algo así como “no me mires, no me hables, no estés aquí”. Y podía yo mismo completar, con mi cara, tus ganas de que no tuvieras que estar pasando por esto. Yo sé que a ti te duele más que a mí. Con los años aprendería por qué tenías razón.
El kinesiólogo había vuelto. Era un tipo alto. Su actitud era amable y noté compasión al ver mi asombro, por tener que sujetar tu cuello, para que no se cayera hacia ningún lado. “Con el tiempo la movilidad se recupera, pero esto lleva tiempo”.Tiempo. Esa palabra la hicimos nuestra y terminamos aceptándola. El tiempo se hizo parte de nuestras vidas y hasta hoy me pregunto cuánto tiempo. No es fácil una tarde cualquiera de diciembre, a los 20 años tener que ver a la mujer que uno más quiere sentada en una silla de ruedas, mirando a la nada y esperando, sin decirlo, todo.
Después de varios ejercicios, nos indicaron que debíamos sacarte de la cama y empezar a ampliar tu mundo. Además de hablarte, ahora debíamos hacer que todo pareciera normal. Claro, como si fuera tan fácil. Como si lo más normal fuera tener que empujar una silla y hacer como que la vida es grandiosa y alegre.
Las manillas son grandes y al menos logran conducir el impulso que hago para hacerla avanzar. Tu mano izquierda, al igual que todo ese lado de tu cuerpo, cae e intento bruscamente corregir tu postura. El “kine” al verme, se apura en tomarme los brazos y enseñarme a poner tu cuerpo dentro de esa silla que quisiera no mirar, sentir, ni oír. Sus ruedas de goma hacen un ruido espantoso sobre el suelo.
Mientras avanzamos por los pasillos de la clínica, una señora junto a su madre anciana nos mira con compasión. Yo no hago ningún gesto y me mantengo callado, mientras la vida avanza delante de nosotros, como avanzaba cuando yo tenía unos quince y te decía desde la puerta de mi pieza, sentado en la silla de mi escritorio, que estaba en una silla de ruedas y aprendería a caminar. Mala broma hecha carne y recuerdos alegres de realidades tristes. Estoy seguro de que si hubieras tenido más voz, que ese sonido gutural ronco y lejano, me habrías dicho que no debí jamás hacerme el chistoso con esas cosas, ni siquiera diciendo que estaba actuando, porque quería ser actor.
Mamá tenías tanta razón. No sólo sobre eso, sino en todo. Claro, tienen que pasar estas cosas para que uno tardíamente se de cuenta, Han pasado los días y hemos desarrollado una capacidad increíble de fiato y cercanía, que por suerte los dos derrames cerebrales no lograron borrar.
El papá me espera sentado en un escaño y tú y yo avanzamos por el caminito, de esa especie de jardín, que tiene árboles y pasto a los costados. Yo sé que él no dice nada, porque si hablara podría ponerse a llorar y no quiere parecer el hijo de estas personas, que en verdad son su esposa y su hijo. Yo me hago el grande y le digo “Ya, ya, ya Papá, ayúdame que tenemos ponerle los frenos a la silla, para que la mamá no se vaya a caer”. Y sigue en silencio. Y tu miras hacia arriba, como buscando una luna, que a las tres de la tarde no imaginaría aparecer. Y yo trago saliva, mientras me siento un tonto, porque no sé que hacer, ni qué decir, ni como actuar.
Haces gestos con la mano que tienes activa y parece que tienes frío. Siento que me he convertido en un experto en las adivinanzas y no es eso. El nudo de las mangas de mi sweater, que te puse en la espalda, te la oprime y quieres que te arregle la postura. Te tomo de los hombros y sonríes como niña y yo en vez de sentirme alegre siento más pena que cuando tengo pena. ¿Cómo es que ahora estás ahí sentada?. ¿Por qué pareciera que no tienes nada?. Si en realidad no puedes caminar y estamos hace más de un mes en medio de un mundo que parecía lejano y desconocido?.
Cuando son casi las siete de la tarde, una leve brisa mueve las ramas de los árboles y no digo nada. Le hago un gesto al papá y nos vamos de vuelta al tercer piso, porque seguir ahí no tiene sentido. Ya has tomado aire, te hemos hablado, me he hecho el payaso y aunque pareciera que no sirve de nada, sé que en algún lugar de tu vida todas estas cosas van forjando el futuro que nos espera.
Mientras avanzamos por los pasillos de la clínica, una señora junto a su madre anciana nos mira con compasión. Yo no hago ningún gesto y me mantengo callado, mientras la vida avanza delante de nosotros, como avanzaba cuando yo tenía unos quince y te decía desde la puerta de mi pieza, sentado en la silla de mi escritorio, que estaba en una silla de ruedas y aprendería a caminar. Mala broma hecha carne y recuerdos alegres de realidades tristes. Estoy seguro de que si hubieras tenido más voz, que ese sonido gutural ronco y lejano, me habrías dicho que no debí jamás hacerme el chistoso con esas cosas, ni siquiera diciendo que estaba actuando, porque quería ser actor.
Mamá tenías tanta razón. No sólo sobre eso, sino en todo. Claro, tienen que pasar estas cosas para que uno tardíamente se de cuenta, Han pasado los días y hemos desarrollado una capacidad increíble de fiato y cercanía, que por suerte los dos derrames cerebrales no lograron borrar.
El papá me espera sentado en un escaño y tú y yo avanzamos por el caminito, de esa especie de jardín, que tiene árboles y pasto a los costados. Yo sé que él no dice nada, porque si hablara podría ponerse a llorar y no quiere parecer el hijo de estas personas, que en verdad son su esposa y su hijo. Yo me hago el grande y le digo “Ya, ya, ya Papá, ayúdame que tenemos ponerle los frenos a la silla, para que la mamá no se vaya a caer”. Y sigue en silencio. Y tu miras hacia arriba, como buscando una luna, que a las tres de la tarde no imaginaría aparecer. Y yo trago saliva, mientras me siento un tonto, porque no sé que hacer, ni qué decir, ni como actuar.
Haces gestos con la mano que tienes activa y parece que tienes frío. Siento que me he convertido en un experto en las adivinanzas y no es eso. El nudo de las mangas de mi sweater, que te puse en la espalda, te la oprime y quieres que te arregle la postura. Te tomo de los hombros y sonríes como niña y yo en vez de sentirme alegre siento más pena que cuando tengo pena. ¿Cómo es que ahora estás ahí sentada?. ¿Por qué pareciera que no tienes nada?. Si en realidad no puedes caminar y estamos hace más de un mes en medio de un mundo que parecía lejano y desconocido?.
Cuando son casi las siete de la tarde, una leve brisa mueve las ramas de los árboles y no digo nada. Le hago un gesto al papá y nos vamos de vuelta al tercer piso, porque seguir ahí no tiene sentido. Ya has tomado aire, te hemos hablado, me he hecho el payaso y aunque pareciera que no sirve de nada, sé que en algún lugar de tu vida todas estas cosas van forjando el futuro que nos espera.
Un futuro que ni siquiera imaginamos cómo va a ser...
Por BZ